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Mayo 2007
 
Monteverde: Un best seller de la arqueología (continuación)

 

La verdad diversa

Monte Verde y su "milagrosa" conservación orgánica -producto de la conjunción excepcional de varios factores- ha sido un intersticio para asomarse a un aspecto hasta hoy desconocido acerca de una población identificada como cazadores de las estepas y cuya forma de vida ya es bastante conocido por los antiguos habitantes de América, dando cuenta de una subsistencia y tecnología basadas, sobre todo, en plantas y maderas, con una mínima movilidad.

Monte Verde nos ha abierto la cabeza y los ojos, no sólo a buscar cosas anteriores a "Clovis", sino también a pensar que quizás muchos de los antiguos habitantes de América fueron recolectores de vegetales, sobre todo los que vivían en bosques o selvas, cuyos restos se han descompuesto y son difíciles de encontrar. Hoy se ha descubierto que -aparte de usar puntas de piedra similares a las "Clovis" de las praderas- muchos grupos paleoindios norteamericanos dependían más de la recolección de alimentos vegetales y de la caza de animales menores que de grandes presas como el mamut o el bisonte. Pensar en estos grupos como una "cultura Monte Verde" es ciertamente absurdo: cada sitio es único. Y hay menos razones aún para creer que exista unidad estilística o un idioma común.

Si algo nos ha enseñado Monte Verde es que hay que respetar la diversidad y es prematuro (y un resabio del tipologismo imperante hace siglos en el estudio de sitios con cerámica) armar "culturas". No porque un sitio revela más énfasis en la caza de animales grandes que en las plantas es paleoindio o "Clovis", y no porque un sitio sea diferente es adscribible a un bloque como la "cultura Monte Verde". Basta con darnos cuenta de que los más antiguos habitantes de América tenían la capacidad e inteligencia para adaptarse a los más diversos ambientes de formas distintas y no siempre como cazadores de grandes presas. En Monte Verde al menos, es claro que la tecnología de la piedra -aunque variada- era mucho menos importante que el trabajo en madera y juncos. De hecho, aquellas piezas de piedra que cualquier arqueólogo reconoce como instrumentos de factura humana (puntas y boleadoras) fueron descubiertas cuando ya las excavaciones estaban avanzadas, habiéndose reconocido antes la presencia humana por artefactos de madera, incluyendo los cimientos del toldo, hechos de palos cortados, o las estacas con su punta quemada y amarras de juncos.

 
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