Rescate
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Julio 2007
 
Patrimonio en familia (continuación)

 

Más allá o más acá de la hacienda, son otras las manos femeninas que leves y creadoras escriben en crin la historia de ese mestizaje, flores de Rari, teñidos y ollas que alquímicas hacen brotar los colores con que volarán las mariposas, los ángeles, las brujas que pueblan también los mitos y los cuentos de la zona. Estas levedades aladas contrastan con la profunda y firme oscuridad de las lozas quinchamalianas, son otras manos las que se incrustan en la tierra amasada como un alimento que nutre el porfiado y antiguo gesto de seguir levantando guitarrerras, chanchos alcancías, ollas, platos; como si la vida se fuera cocinando en ese vientre de fuego, en el rito mapuche y colonial que las loceras no se cansan de repetir. Lozas también transadas en el Mercado de Chillán, oscuras como los cochayuyos que han venido de la costa al centro, también para testimoniar caminos seculares y gustos prehispánicos.

Las autoras parecieron querer decirnos de la zona central algo parecido a lo que Gabriela Mistral escribió en su Poema de Chile:

"Por la tierra de Chillán
Donde rebrillan en cercos
Maíces, volaterías,
riendas, estribos, aperos,
cruzaremos sin pararnos
y azuzados del deseo,
porque la que va en fanstasma
voz no lleva ni dineros

(Poema de Chile, Chillán).

El viaje de Aleka y Ana María nos lleva al sur, allá donde el mundo mapuche se hila en despojos y en resistencias, en mujeres que cocinan en sus fogones y laboran incansables; en molinos que no paran de prodigar sus trigos y chancar, en astilleros que hacen posible el navegar chilote y las plegarias a San Expedito; las cocinas como mundo completo donde la familia se regocija de la feracidad del mar y del canto. Y más allá en el sur-sur:

"A la Patagonia llaman
Sus hijos la Madre Blanca.
Dicen que Dios no la quiso
por lo yerta y por lo lejana,
y la noche que es su aurora
y su grito en la venteada
por el grito de su viento,
por su herida arrodillada
y porque la puebla un río
de gentes aforesteradas.

(Poema de Chile, Patagonia la lejana)

Esas gentes aforesteradas son las que las autoras han conocido, penetrando en sus casas, en sus rincones íntimos de fotos de los antepasados, en sus estufas, en sus caminares protegidos por la "Catedral" del Paine; en las esquilas de las ovejas como fetiches salvadores, en los paisajes donde parece que vemos todavía a los asesinados fueguinos, pero a sus mitos vivientes contándose aún en los vientos. Finalmente, nos conducen al último rincón, a la "madre blanca" donde la noche es aurora y los aviones regalos que enlazan los sueños de dos niños y de sus padres.

"Familias al fin de la tierra" no podría sino haber sido una obra de mujeres que han salido de la sedentaria ceremonia que la sociedad les ha fijado, para convertirse en viajeras, en movedizas miradas que han privilegiado lo múltiple: el gran escenario, el paisaje, pero de modo definitivo el detalle, y una visión "otra" de las familias chilenas, no la parentalidad por la parentalidad, sino el dialogo producción-reproducción, amor y trabajo. Estamos ciertas y parafraseando a Mistral, que "sus pies tocaron bajíos, cuestas, senderos… y unos céspedes tan tiernos
que no quisiera doblarlos ni rematar este sueño"
que me provoca, nos provoca a celebrar y a conocer Chile desde este texto conmovedor y ensoñado.

 
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