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Julio 2005


Entrevista con Bernardo Guerrero, experto en identidad iquiqueña

Iquique, tierra de valientes (continuación)

 
- ¿Qué significa vivir hoy en Iquique?

- Significa vivir en una ciudad paradojal. Sus habitantes, entre los que me incluyo, nos movemos en esa delgada línea que implica nostalgiar un pasado y alegrarnos por la modernidad. O mejor dicho, por cierta modernidad, que nos toca. Es cierto, hay comodidades -hay agua todo el día, no hay escasez de alimentos, pienso en los años 50 en que la crisis era el común denominador-, pero no queremos que el precio de tener agua todo el día o tener Zofri, signifique perder el ambiente cálido de un Iquique de 60 mil habitantes. Una ciudad que es un puerto en crisis. Todos se van o se quieren irse. Sólo se quedan los valientes, así decimos en este puerto… Hay quienes piensan que vivir en la caleta era mejor que vivir en la ciudad de hoy. Pero eso es imposible y además no considera las condiciones reales y objetivas de esos tiempos. El tema es como combinar identidad y modernidad. Por cierto que ese afán de valorar el pasado da cuenta también de un miedo al futuro...


- ¿Miedo a qué?

- Un miedo a que la crisis se nos haga realidad nuevamente. A que tengamos que izar banderas chilenas a media asta, como el 21 de mayo de 1957, o bien banderas negras, como se hace cada vez que la crisis nos golpea las mamparas de nuestras casas. Miedo a que el desarrollo o como quiera que se llame se detenga en Antofagasta o pase de largo hacia Arica, como sucedió con el Puerto Libre; miedo a que nos falte el agua, a que no haya harina para hacer el pan, miedo a que el centralismo nos ignore. Esos son los miedos sociales, políticos, culturales. Pero también hay otros miedos. El miedo, por ejemplo, que un maremoto nos arrase como ciudad. El terremoto del 13 de junio de este año nos activó ese miedo. Los iquiqueños conceptualizamos el futuro como un eterno presente. La vida es hoy. Somos un pueblo festivo porque le tememos a la muerte. La muerte, es un dato frecuente en nuestras vidas. Allí está la matanza de la Escuela Santa María, de La Coruña, Pisagua, Cardoem, Alto Hospicio, pestes a inicios del siglo XX, los muertos de la Guerra de la Pacífico, de a Revolución del 1891... en fin.


- ¿De qué manera el pasado marca a los iquiqueños?


- El pasado nos marca fuertemente. Uno el pasado de la bonanza del salitre y el pasado de la crisis (de los años 30 al 60). El salitre es nuestra utopía del pasado, si es que eso se puede conceptualizar así. Hemos construido una imagen idílica de ese período. Es que éramos el centro del mundo. En Iquique la nostalgia es más que una palabra, es una actitud. Imagínate hay Centro de Hijos de Iquique, en Iquique. Es algo llamativo, pero a la vez indica el estado de ánimos de los nuestros. Y la crisis, por cierto, nos golpea fuertemente. Mi madre me cuenta de las filas frente a los regimientos para ir a buscar el rancho (la comida). En inmensas ollas se hacía la comida. Iquique olía a porotos. Faltaba todo en esta ciudad. Y en los años 50 cuando se lee la prensa, sobre todo el Tarapacá, la imagen que se construye de Iquique es la de una ciudad abandonada por el Estado. Pero nos quedaba un capital y gracias a ése, pudimos sobrevivir y dar cuenta a la capital que existíamos. Era una energía moral que venía gestándose desde principios de siglo. Me refiero al deporte. El deporte fue nuestra forma de ejercer protesta simbólica contra la madrastra santiaguina. La Cenicienta del Norte (frase del diputado iquiqueño Checura Jeria), a través del box, el fútbol, el básquetbol, la natación, el atletismo, entre otros, realiza el milagro de hacernos visibles para Santiago. El Iquique "tierra de campeones" es una ciudadanía deportiva. Es nuestro carné de identidad...
         
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