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Violeta y los Letelier (continuación)

 

El encuentro con Violeta

"A Violeta Parra yo la conocí cuando ella trabajaba en la Facultad de Música. Apareció en el Departamento de Folclor con la Margot Loyola. Allí presentaba las grabaciones que realizaba en sus recorridos por distintas zonas de Chile. Estaba Manuel Danemann, la Raquel Barros. Ahí la empezamos a conocer. Mi papá, que era el Decano, le dijo por qué no vas a Aculeo, donde hombres y mujeres, descendientes de familias de Los Andes y Alhué conservaban la tradición del canto campesino. La Violeta se volvió loca con la gente y la gente se volvió loca con ella. Eran colas de gente para cantar delante de Violeta y ella ahí, con su grabadora, grababa y anotaba todo. Cómo ponía los pies, como ponía las manos, como se inclinaba, como se vestía. Ella comenzó a pasar temporadas en la casa nuestra en el campo. Era una mujer encantadora, no era ni desafiante ni politiquera. Era una mujer absolutamente artista que estaba más allá de todos los calificativos. A mí no me importa cuántos discos hizo, ni cuantas versiones le han hecho, a mí lo que me interesa es lo que significa ella como creadora de un folclor. Levantó el folclor chileno a un nivel increíble. Ella tiene un sentido artístico y una originalidad impresionantes".

Así fue el encuentro de Miguel Letelier con Violeta Parra, del que más tarde surgiría la grabación de su poema dramático El Gavilán y sus Cinco Anticuecas, transcritas y registradas por Letelier en la casa de Violeta en La Reina. "Yo iba caminando por una feria de arte, muy fea, que se hacía en el Parque Forestal y de repente veo a un tumulto de gente escuchando a una mujer que cantaba con el pelo negro que le cubría la cara. Yo escuché esa música y la encontré extraordinaria. Me acerqué y vi que era ella, que estaba tocando El Gavilán, su última composición, según ella misma me dijo. Yo le dije que teníamos que grabarlo y que había que escribir la partitura, para que ese tema quedara registrado. Y como ella no sabía escribir música yo se la escribí. Ella era muy espontánea, abierta. Yo le pregunté a qué hora íbamos a grabar y me dijo a las 6 de la mañana. Nos juntábamos en su casa. Estuve yendo como una semana. Ella tocaba de oído y cada vez que tocaba la canción lo hacía distinto. Trabajábamos debajo de un parrón. Todo era muy natural. Después de que terminamos de grabar El Gavilán, ella me entregó como regalo una pintura suya".

En la misma oportunidad, Letelier registró las Anticuecas, numeradas del 1 al 5, con las que Violeta intenta ir más allá del esquema musical vernáculo de la cueca. "El Gavilán es un poema dramático, que constituye la sublimación del folclor chileno. Incluso más que las Anticuecas, pues en aquél se involucra un texto. El relato va presentando el drama pasional de quien se siente destruido por un amor mentiroso". El caos formal de la obra interpretada por alguien sin conocimiento de formas musicales, al ser analizado "ordenadamente", según Letelier, presenta "una sucesión de secciones comparables a la técnica de Stravinsky en "La Consagración de la Primavera". Para Letelier, "Violeta no sabía escribir música, sin embargo es capaz de llevar la dupla cueca-tonada, la más generalizada manifestación del folclor de la zona central, a un nivel de estilización y desarrollo desconocido y no sobrepasado hasta hoy".

La filiación de Violeta con la familia Letelier alcanza también a la destacada cantante y profesora Carmen Luisa Letelier, hermana de Miguel, quien fue su alumna de guitarra, y nace de la amistad con su padre, Alfonso Letelier Llona, considerado uno de los principales artífices en el desarrollo de la composición en Chile en el siglo XX, además de un importante gestor de la institucionalidad cultural. En Aculeo, donde los Letelier poseen tierras y una residencia que habitan por largos períodos del año, don Alfonso tiene la oportunidad de recoger canciones y melodías "a lo divino" de primera mano de cantoras provenientes de Alhué (pueblo en que se cantaba la novena del Niño Dios con 17 arpas), Los Andes y Melipilla. Amigo y admirador de Violeta Parra, quien llega al Departamento de Folclor del Conservatorio de la Universidad de Chile, bajo su decanato, le encomienda a ella rescatar y grabar valiosas manifestaciones del folclor de esta zona, como la Novena del famoso "Cristo de Mayo".

 
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