Nano Núñez
 
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Mayo 2005


Testimonios de Nano Núñez

La voz de viejas tradiciones (continuación)


Raconto


Un niño descalzo juega, mientras cae la tarde en Santiago de mil novecientos veintitantos. Hay rumor de sirenas, ecos de la estación, unas herraduras que arañan calles empedradas, risas, toses y llantos de guagua, olor a carbón y tierra húmeda, en los cuartos del barrio.
Cae la noche y la llamita de gas en los faroles baila con el "tamboreo y huifa" de los conventillos más alegres. El niño tiembla de emoción escuchando las potentes voces de aquellos cantores "bravos": los desdentados rotos que lucen una cicatriz en la mejilla y una ramita de perejil en la oreja. Se fija que esos hombres se juegan la vida en cada vuelta, porque el oficio de cantor obliga a vivir en un constante duelo de voces, que a menudo da pie a uno de cuchillos. Nanito sueña ser como ellos.

N. Núñez: · "Cuando yo era cabro chico vivía frente al conventillo del Diablo... Ahora está como cité, pero es bien pichiruche. Las tomateras que se armaban, siempre habían acordeones a botones y cuestiones así.
Había gente que cantaba bien... don Domingo Briceño..., tenía carretones de golpe, tan señorial, bacán se puede decir. Entonces yo "vivía" las cuecas.

La señora Manuela tocaba el arpa. Habían otros por ahí, el Urbano me acuerdo, que cantaba acompañándose con un tarro... La señora Aurora tenía dos hijas, una tocaba el arpa, la otra tocaba la guitarra y era media tartamuda. Los hijos eran cargadores en la Estación...
A mí me gustaban las cuecas del frente (del Convenillo del Diablo), porque eran achaflanadas".

Por esa calle Ecuador
canillita de los diarios
los domingo' la lustraba
me hacía mejor salario.

(N. Núñez. Autobiografía)


Nanito camina contento porque se ha comprado un cajón azucarero cerca de la Estación, que ha transformado en lustrín. Hace poco, un muchachón mayor le acondicionó el primer cajón de lustrar y lo echó a trabajar por ahí. Le cobraba una comisión por cada lustrada que hiciera. Luego de pocas semanas de contrato, decidió que era tiempo de independizarse. Tiene como diez años y ya lo conoce la gente del barrio, porque antes ha vendido diarios con el Horacio -un suplementero- por la calle Ecuador, así que puede contar con una clientela en este primer paso hacia la independencia laboral.

- El Barrio
- La cueca
- Raconto
- 2000

                 
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