Edurado Armijo, más conocido como maestro Nene, junto a la periodista Rosario Mena.
 
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Octubre 2002


Maestro Nene, compositor de huesos

Reparador de huesos y almas

Son muy pocos los que saben su nombre de pila. A Eduardo Armijo todos lo conocen como el Maestro Nene. No es necesario tener su dirección para ubicarlo en El Monte, donde el compositor de

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El Maestro Nene
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huesos es un personaje fundamental de la comunidad. Por herencia de su abuelo y encomendándose a los santos locales, este hombre criado en las faenas del campo, que arrastra con un par de bastones las secuelas de la poliomelitis, repara torcedoras y esguinces y devuelve la fe a los desencantados sin pedir nada a cambio. Su recompensa son la paz y la alegria que, a todas luces, reinan en su humilde vivienda.

Por Rosario Mena

Al igual que su abuelo y como éste lo profetizara, Eduardo Armijo, tras dejar las siembras y cosechas, se dedicó a reparar los zapatos de los habitantes de El Monte, siendo el equipo de fútbol del pueblo su principal cliente. "Yo de muy chico pasaba mirando todo lo que hacía mi abuelo. Y cuando le decían: saca al nene de ahí, que está molestando, él respondia : no está molestando, está aprendiendo".

Pero la herencia fue más lejos y tras la muerte de su ancestro, el Maestro Nene, que mantuvo de por vida la infantil nominación, adoptó también el segundo oficio del abuelo: el de compositor de huesos. Desde entonces recibe a gran cantidad de pacientes de distintos lugares cuyas piernas, brazos, manos y costillas tantea con las yemas de los dedos para propinar el apretón preciso que devuelva el hueso a su lugar. No sin antes encomendarse a San Francisco, patrono de El Monte y al Niño de Malloco, un santo popular de la localidad vecina cuya leyenda, con más de un siglo de antigüedad, señala que se trataría de un bebé abandonado en el patio de una pequeña capilla que murió tempranamente convirtiéndose en figura de culto milagrosa.

"Soy amigo del cura de Malloco, yo iba allá a ver al niño y lo fui conociendo. Y me decía: pero si en El Monte está San Francisco. Si, le decía yo, pero yo voy un domingo a San Francisco y otro al niño. Tienes fe, me decía". La virgen de Fátima es otra de sus devociones: "Yo le pedí dos hijos hombres primero y después dos mujeres. Y así me los dio. Despues tuve una hija muy enferma. Ya no sabíamos qué hacer con ella. La hospitalizamos en Santiago, hicimos todo. La llevamos a varios especialistas. La virgen me dijo el nombre del doctor donde tenía que llevarla. La llevamos y él la curó".

Conservar las tradiciones del campo es una de las grandes motivaciones del Maestro, que cultiva dotes de payador y no espera que se lo pidan para lanzarse a hilar versos. "Soy compositor de huesos y de payas", declara con orgullo. Los recuerdos de su infancia campestre aún lo reconfortan. "Cuando cosechábamos las papas teníamos que pasar la noche para cuidarlas. Entonces hacíamos un fuego ahí mismo y asábamos zapallos, papas, cebollas y ahí comíamos. Era bonito", recuerda con satisfaccion. Transmitir el oficio de compositor a alguno de sus nietos es una misión que ya se está cumpliendo. "Mi abuelo me dijo: alguno de tus nietos se va a interesar y también va a ser compositor. Y ya hay uno chiquitito que anda siempre mirándome. El va a ser".

Sin descalificar el conocimiento de los médicos, el Maestro ofrece su ayuda a quien lo solicite "lo que pasa es que los médicos enyesan. Ellos tienen sus estudios y sus técnicas. Cuando hay quebradura, no queda otra. Pero cuando hay torceduras, esguinces, incluso varios médicos me han mandado pacientes". Basándose en su genuina sabiduría, y siguiendo el consejo de su abuelo, el Maestro no necesita cobrar por su trabajo. La buena voluntad y la eterna gratitud son recompensas mayores, que le garantizan una vida feliz y sin necesidades, sustentada en la solidaridad comunitaria e iluminada por la fe. "Yo me siento feliz si puedo ayudar. De una y otra manera la gente responde y gracias a Dios vivimos tranquilos. Nunca nos ha faltado nada".

 
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