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Al
frente, en otro café de la misma empresa,
está Katy. Ella tiene 21 años
y desde los 15, además de estudiar,
trabaja aquí. Sin embargo, es la primera
vez que se presenta a la elección de
reina y está segura de que "aunque
está fuerte la competencia", la
ganará una niña de su empresa.
"Está claro. Somos lejos mejores,
es otro trato, otro nivel, aquí se
preocupan de todo". Según ella,
no sólo la belleza, sino sobre todo
la sensualidad es lo que importa: "Hay
gallas bonitas pero re toscas". A Katy
definitivamente le encanta este trabajo, cuyo
fuerte monetario se encuentra en las propinas.
"Sigo en esto. Me voy a retirar cuando
ya no tenga nada bueno". |
Para entonces espera contar
con su título de Administración de
Empresas, que está cursando en un instituto.
Con respecto a las motivaciones de los clientes
del café, que bien podría funcionar
como discoteca, dice que son variadas: "algunos
vienen a mirar, otros a que los escuches un ratito
y también los frescos, a ver si pasa algo
contigo".

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En
la calle Teatinos está el café
donde hace dos años trabaja Andrea.
Ella no terminó el colegio, llegó
sólo hasta segundo medio y desde entonces
se ha ganado la vida en este oficio, con el
apoyo de su familia. |
"Si trabajara en
un cabaret, algo así, sería distinto,
acá no pasa nada. De repente podemos coquetearles,
hacerles cariño, pero nada más",
se defiende al preguntarle sobre la mala fama de
estos lugares. En gran parte los ingresos dependen
del estado de ánimo, asegura. "Cuando
uno está cajoneada, no tiene ganas de atender,
no te dan propina. A mí me han dado cien
pesos", dice la coqueta mesera. Con respecto
a sus posibilidades en el concurso de belleza, Andrea
considera que son escasas, ya que "hay que
ser realista", y entre sus contrincantes "hay
las medias minas". |