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Ricardo García
Micrófono abierto para la canción chilena

 

Promotor de innumerables músicos desde su puesto de locutor radial, en los años '50 y '60. Principal impulsor de los movimientos de Nueva Canción y Canto Nuevo. Fundador de Alerce y primer animador del Festival de Viña. La biografía de Ricardo García casi no le deja espacio a nada más que lo mejor de nuestra música.

Por Marisol García


La palabra "discjockey" remite en la actualidad a un universo de trabajo musical radicalmente diferente al del mundo radial que la acuñó, de los años '20 en adelante. Discjockey no era entonces el jovencito de tenida flúorescente capaz de hacer bailar a una concurrencia arrebatada con sus mezclas de música electrónica. El oficio remitía más bien a la actividad sencilla del anunciador que combinaba la lectura de mensajes publicitarios con la programación de selectos singles, el formato privilegiado por la industria hasta que la generación de los Beatles comenzó a darle más importancia al álbum como instrumento de promoción.

Discjockeys hubo en Chile muchos y muy destacados, incluyendo entre ellos a Raúl Matas, Julio Gutiérrez, Juan Carlos Gil y Miguel Davagnino. Pero pocos trascendieron su oficio estricto de comunicador radial como lo hizo Ricardo García, el hombre que elevó su oficio hacia una plataforma de enorme e imperecedero aporte cultural. Para García, la radio fue la base para conocer y darse a conocer en un mundo -el de los cantautores chilenos- al que terminaría aportando de modo fundamental. Hoy su nombre es referencia ineludible para, por ejemplo, el recorrido histórico de la Nueva Canción Chilena, el Canto Nuevo, y la difusión de la trova latinoamericana bajo dictadura.


El popular "Discomanía"

Aunque se crío como Juan Osvaldo Larrea García, en sus primeros pasos radiales acuñó su popular seudónimo, pensando en una mayor cercanía y recordación entre la audiencia. Su público de entonces lo conoció masivamente con "Discomanía", el espacio de radio Minería al cual Larrea llegó como reemplazante de Raúl Matas, en 1955.

Desde entonces, y durante más de una década, su programa le abrió una ventana promocional a una amplia selección de nuevos músicos, que se sumaban a esa época revolucionaria para la canción popular a través de propuestas diversas en torno al neofolclore, la canción social (también llamada "de protesta"), el primer rocanrol y la investigación en torno a la raíz latinoamericana. Su contacto con tan valioso ebullir creativo (de Violeta Parra a Los Ramblers, de Patricio Manns a Luis Dimas) le hizo darse cuenta tempranamente que desde su puesto de conductor atestiguaba un remezón cultural que cambiaría para siempre el panorama de la música chilena.

Al acercarse, por ejemplo, al circuito de cantautores que hacia mediados de los años '60 combinaba folclore, crítica social y una aguda revisión sobre nuestra posición en el contexto latinoamericano, supo que en ese inicial trabajo de Inti-Illimani, Patricio Manns, Víctor Jara, Isabel Parra y Rolando Alarcón se incubaba un fenómeno que debía ser tratado con altura de miras. Fue él quien bautizó este inédito germen creativo como Nueva Canción Chilena. Entusiasmado por su fuerza y carácter, organizó un festival de encuentro entre esos nuevos artistas (el "Festival de la Nueva Canción Chilena"), el cual tuvo tres versiones sucesivas a partir de 1969 y permitió dar a conocer masivamente títulos tan trascendentes para nuestra memoria colectiva como "Plegaria a un labrador", de Víctor Jara, y la "Cantata Santa María de Iquique", de Luis Advis.

 
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