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Octubre 2005


Miguel Laborde, historiador y columnista de Nuestro.cl

"Nuestras ciudades son mujeres con mala suerte" (continuación)

 

- ¿Cómo influye esa crianza de inmigrantes en su interés por el tema de la identidad?

- Mis cuatro abuelos eran vascos del sur de Francia, en tanto mis padres, por costumbre de la época, nacieron aquí, pero se educaron allá. Naturalmente, se me produjo un interés en el tema de la identidad cultural, ya que tanto lo vasco como lo francés y lo chileno me eran "propios". La vida social era muy de inmigrantes, todos fabricantes de calzado como mi abuelo, lo que es una especialidad vasco-francesa que aquí trajeron los Etchepare, Duhart, Ilharreborde, Dagorret, Caussade, los Halcartegaray de Calzados Guante y el abuelo Laborde. Casi todos también vinculados a la colonización del sur, de fines del siglo XIX y comienzos del XX, como el abuelo que compró un fundo de Victoria a la cordillera, escenario de todas las vacaciones, de amplias zonas de espectaculares bosques nativos con caídas de agua, lagunas y abundancia de pumas; siempre había alguna cría, como un gato grande, en las casas del fundo. Me quedará para siempre el olor de esos bosques, su silencio en invierno marcado apenas por el sonido de la lluvia, la sensación de una naturaleza trascendente, mágica. El desorden cultural, viniendo de una casa donde se hablaba francés, vasco y castellano, me aumentó al entrar al colegio, el Saint George, de sacerdotes norteamericanos y donde sólo se hablaba inglés, incluso en los recreos (castigo de por medio). Aunque nunca me interesaron mucho las materias y fui un alumno regular, tengo los mejores recuerdos asociados a los deportes y, en general, a las actividades extra-curriculares, como la Academia Literaria (dirigida por un Premio Nacional, Roque Esteban Scarpa) y el Club de Debates. La biblioteca, muy completa, era como la cueva del tesoro, inagotable; ahí me acostumbré a leer por mi cuenta, sin orden, por puro placer, incluso en horas de clase y especialmente en las de física, química y matemáticas.

- ¿Cómo es que pasa de la carrera de pedagogía en Castellano, a Derecho, para terminar dedicado a la investigación y las crónicas históricas sobre urbanismo y arquitectura?

- Como en el colegio las clases de literatura de José Simón y Julio Orlandi eran las únicas que realmente me entretenían, se me ocurrió estudiar pedagogía en Castellano; pero vino la ley del terror, anuncios de hambre y miseria. Terminé en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, con buenos amigos que nunca, tampoco, ejercerían la carrera: Diego Aracena, Raúl Fernández, el pintor Benito Rojo, Sebastián del Campo, Santiago Astaburuaga... Tuve un maestro que justifica esa época, el filósofo Jorge Millas, "el hombre más inteligente de Chile" en una encuesta de la Revista del Domingo. Un día lo visité y le dije que me interesaba la filosofía. Durante dos años me recomendó lecturas que se iban sucediendo de acuerdo a sus precisas recomendaciones, luego de preguntarme "qué le interesó y por qué". Estaba en eso, arrastrando la carrera y descubriendo la filosofía, cuando un amigo me invitó a trabajar en la Vicerrectoría de Comunicaciones de la Universidad Católica. Era 1968. Entre la Nueva Canción Chilena, la visita de Cortázar, las lecturas de Neruda y otras cosas que me atrajeron completamente, terminé por abandonar Derecho. Justo entonces se creó en la Católica un programa experimental en comunicaciones, y desde entonces seguí en eso de investigar y comunicar.

- ¿Y la arquitectura y el urbanismo?

- Viajando por varios países -estuve fuera desde 1972 a 1975- sentí que en Chile convivían muchas culturas diferentes sin un tronco común. En busca de una matriz estudié varios años la cosmovisión mapuche, sobre la cual publicaría más tarde mi primer libro, "La Selva Fría y Sagrada" (Editorial Contrapunto, 1989). Pero los prejuicios y las subculturas impedían que la cultura oficial se impregnara de ella, como lo han hecho otros países sudamericanos. Había que encontrar otro camino, más cercano, más compartido, un patrimonio más visible; es lo que encontré en la arquitectura y el urbanismo. Un puente para comunicarnos, pensarnos, encontrarnos.

         
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