Julita en su juventud
 
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Diciembre 2003

Julita Astaburuaga:

"Me da lo mismo si creen que soy una vieja frívola" (continuación)

Glamour que no se compra

México, Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela, París, Ginebra, fueron destinos de residencia. En distintos periodos estuvo en total 12 años en Nueva York, ciudad de la que guarda glamorosos recuerdos, como una cena con la actriz Grace Kelly, que registra en una de las numerosas fotografías que habitan su antiguo departamento de la calle Santa Lucia. En ellas están sus hijos, sus nietos, sus viajes, sus recepciones, su juventud, sus familiares. Entre sus fotos con celebridades,se cuenta una con Bill Clinton, tomada en su visita a Chile.

Las fotografías de moda, en las que aparece junto a jóvenes modelos en una producción de revista Paula, o la vanguardista imagen suya vestida completamente de cuero y captada por el artista visual Germán Bobe, forman también parte de su book. Mientras que en su dormitorio se acumula una colección de retratos suyos pintados por diversos artistas. Casi con orgullo, mientras exhibe su impecable estilo, Julia declara que no tiene plata, que adapta y repara ropa antigua y compra en la ropa usada: "Dos mil pesos", dice enseñando la falda azul marino con lunares que combina a la perfección con la blusa, los zapatos y los aretes de lapislázuli. Porque para ella, el gusto y el estilo valen más que el dinero "Mi mamá fue igual. Era una mujer extremadamente elegante, pero no tenía plata. Siempre adaptaba la ropa, se vestía y vivia con mucho nivel y nunca se quejó de nada. Era una maravilla. Un gran ejemplo para mí"

Lo suyo con la moda es algo instintivo. No está pendiente de tendencias, ni compra revistas, ni visita las tiendas caras. Tampoco lo necesita. Una de las más elegantes boutiques nacionales la auspicia, como ocurre con los tenistas, regalándole ropa para lucir en su intensa vida social. Lo mismo hacen sus amigas sedentarias, que descuelgan sus trajes del armario, para que Julita les de un mejor uso, mientras que su amigo Luciano Bráncoli la invita a sus desfiles, y muchas veces está en la lista de invitados de otros diseñadores que admira, como Rubén Campos. En cuanto a tiendas, su preferida es Click.

"Me echaron por gorda"

Tras vivir un par de años de su infancia en París, como era la usanza de la aristocracia chilena de la época, y tomar clases de baile, que siempre le gustó, a los 18 años, en Santiago, entró al ballet de Lola Vodka y Ernst Uthof, primeros bailarines de la famosa compañía germana Joss, disuelta durante la Segunda Guerra Mundial, que se radicaron en Chile, dando origen al ballet en nuestro país. "Yo bailaba que era una maravilla", dice sin dejo de falsa modestia.

Eso y las cuatro horas de práctica diarias, que compartió con bailarines como Carmen Maira y Patricio Bunster, no fueron, sin embargo, suficientes para proyectar su carrera. "Me echaron por gorda. Había un ensayo general en el Municipal y cuando yo aparezco vestida de angelito con mis trutos gordos y mis pechugas enormes el director me mira y me dice: ¡Fuera!. Ángeles pintados por Rubens yo no quiero". Y aunque no lo parezca, su lucha con los kilos ha sido constante. Una dieta rigurosa y largas caminatas diarias por el centro para hacer todas sus diligencias, la mantienen en forma.

Un frustrado intento de estudiar sociología con un profesor particular siguió a la abortada carrera de bailarina. Pero nada de esto desanimó a Julita. "En ese tiempo las mujeres no entrábamos a la universidad, pero yo algo quería hacer, así que entré a estudiar enfermería a la Cruz Roja". Oficio que tampoco ejerció tras recibirse. "Nuestra vida eran los bailes. Todos los sábados nos poníamos traje de fiesta y los hombres frack. Era fascinante. Los vestidos se encargaban a París y las que no podian hacerlo se hacian los vestidos aquí y los metían bien aplastados en una caja y luego se los ponian sin planchar, para que pareciera que venian con los plieges del embalaje del viaje".

Un mundo dominado por la elite aristocrática que Julita, a pesar de recordar con gusto, no cambia por el actual. "Lo mejor que puede tener un país es una clase media amplia, que antes no existía. No niego que la vida nuestra era maravillosa, pero ahora es mejor para muchas más personas, y eso es lo importante".

Pasión patrimonial

Su fascinación por el arte y la cultura en todas sus expresiones, la llevó, a contrapelo de su propia voluntad, a la dirección de los Amigos del Teatro Municipal, en donde desarrolló una eficiente labor recolectando fondos con los que se compraron el piano, la cortina, la pista del ballet y se pagaron las becas de artistas hoy tan destacados como Cristina Gallardo Domas y Verónica Villarroel. En los noventa ingresó al directorio de la Corporación Patrimonio Cultural de Chile, invitada por su vicepresidenta Cecilia García-Huidobro. "Soy super conservadora, me fascina todo lo que es la tradición. Me parte el alma que boten un árbol o un edificio antiguo y admiro a la gente como Cecilia, que está pendiente de mantener el patrimonio, lo antiguo, lo bello".

Y a pesar de que asegura "le doy gracias a Dios por darme una mente abierta y liberal", y de que el buen gusto le impide juzgar las opciones sexuales, políticas o religiosas de otros ("No tengo amigas peladoras, encuentro horrible criticar y apuntar con el dedo"), se considera "conservadora en todo". Por algo guarda las ropas de su mamá, los géneros, los objetos, y tiene la casa tan llena de cosas. "Cada cosa tiene una historia, un recuerdo bonito de una época, de una persona, de un lugar. Soy incapaz de deshacerme de nada".

Entre los lugares de Santiago que más le gustan están el Museo de Bellas Artes, el Museo de Artes Visuales, de la Plaza Mulato Gil, el Museo Precolombino ("es lo más valioso que tenemos en Chile") y la calle República ("es una maravilla").

     
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