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Claudio Giaconi (1927-2007) y la libre plática

 

En homenaje al mítico escritor chileno, recientemente fallecido, Claudio Giaconi, publicamos este texto del poeta Francisco Véjar, que reproduce una conversación entre ambos, en donde habla de su generación, de la cual formaron parte figuras como Carlos Faz, Jorge Edwards, Alejandro Jodorowsky y Enrique Lihn; de su encuentro con Raul Ruiz; su visión del rol de la literatura y sus proyectos.

Por Francisco Véjar

Figura mítica de la literatura chilena por antonomasia. La publicación de La difícil juventud (1954), estremeció el ambiente literario local, señalándolo como el primero de su generación en renovar la narrativa chilena. Después dio a conocer: El sueño de Amadeo (1959), Un hombre en la trampa (Gogol) (1960), El derrumbe de occidente (1985) y etc. (2006). Preparaba varios libros, entre otros, Cuentos de este tiempo y de otro que reuniría relatos como Los hermanos, editado por la revista Fines Terrae, el año 1951. Su vida oscilaba entre el Cerro 18, ubicado en la comuna de Lo Barnechea y el Parque Forestal. Se le veía con frecuencia en el departamento de Carlos Cantuarias junto a sus inseparables amigos. La siguiente conversación se sostuvo con Giaconi, sin apremios y de manera cansina, apelando a la memoria.


- ¿Qué estás leyendo?

- Estoy releyendo el Oblómov de Goncharov. Pienso que tengo rasgos de ese personaje, como también del protagonista de la novela Del tiempo y del río de Thomas Wolfe, cuyo nombre es Tom Gant que es la antítesis de Oblómov.

- ¿Cómo eran los miembros de tu generación?

- Al hacer un retrato siempre hay un riesgo de traicionar al retratado. En el sentido que uno acentúa rasgos que tal vez para el retratado no son importantes como otros que el narrador pasa inadvertido. Recuerdo la inquietud de Carlos Faz. Su gran talento al pintar. Tenía una vena populista y una vena estrictamente abstracta. De esta vena abstracta, Jorge Edwards tiene en el living de su departamento, una de esas pinturas que reúne lo que señalé anteriormente. Ahora bien, de Alejandro Jodorowsky tengo un recuerdo temprano, antes de que yo conociera a Enrique Lihn. Jodorowsky dio una conferencia sobre mimos, en el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura. Entonces para ilustrar una escena que reflejara el miedo, pidió que alguien del público lo expresara en pantomima. Me eligió a mí. Pasé adelante e hice mi mímica del miedo. Así nos conocimos y luego, a través de Jodorowsky tuve conocimiento de Enrique Lihn.

La obra que por esa época me impresionó al releerla fue La sangre y la esperanza (1943) de Nicomedes Guzmán. Sencillamente porque Nicomedes escribió su propia vida ahí. Él era un hombre del Matadero. Lo conocí personalmente. Escribía para Las Últimas Noticias. Estuvimos comiendo en un boliche, cercano al diario El Mercurio que estaba en Compañía esquina de Morandé. Era dipsómano y por lo mismo, hombre de bar y de gran conversación.

- ¿A quiénes más conociste por esos años?

- Yo visitaba a Olegario Lazo Baeza, porque era amigo de su hijo, Jaime Lazo. Este último tenía facha de boxeador, pero con corazón de niño. Almorzábamos los domingos, en su casa de La Reina. También tuve trato con Luis Durand, el criollista. Tiene ese cuento maestro que se llama La Picada. Paralelamente frecuentaba a Pablo de Rokha. Para mí Epopeya de las comidas y las bebidas de Chile (1949), es uno de los más grandes poemas que se han escrito en Chile. Con todo, él tiene otros escritos que son farragosos y masacotudos. Evidentemente no es un poeta exquisito o afrancesado. Es una fuerza de la naturaleza. Por ejemplo, las comidas que hacía se llevaban en una tinaja y el vino corría libremente.

 
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