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Marzo 2008
 
La cuna de Gabriela (continuación)

 

De distintas personas del Valle del Elqui, Lucila aprende los nombres de las plantas y animales de la zona. Le interesan la botánica, la biología, la geografía y la astronomía, los cuentos, las leyendas y las costumbres locales. Y ese vínculo con la tierra es un elemento fundamental de su formación, que ella valoriza al punto de señalar que, de volver a nacer, elegiría el mismo lugar "por conservar los sentidos vívidos y hábiles siquiera hasta los doce años y saber distinguir los lugares por los aromas; por conocer uno a uno los semblantes de las estaciones: por estimar las ocupaciones esenciales (...) de los hombres: el regar, el vendimiar, el ordeñar, el trasquilar".

El aislamiento en la vida rural, determinan también, en parte, el desarrollo autodidacta y la vocación de servicio en comunidades donde hay gran necesidad y pocos recursos. A los 13 años, Lucila escribe sus primeros versos y ya no vuelve a ser matriculada en la Escuela de La Unión, pueblito actualmente denominado Pisco, donde transcurre su infancia. Al poco tiempo, y sin haber pasado por la Escuela Normal, comienza trabajar como profesora en la escuela del pueblo de La Compañía Baja, cerca de La Serena; lo que marcará el inicio de una vocación irrenunciable profundamente ligada al sentido maternal, tal como ella escribe: "Dame el amor único de mi escuela… Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes". Mientras enseña a los niños de día, en la noche alfabetiza a peones y obreros.

En La Serena y Coquimbo, Gabriela Mistral conoce a varias personas que le abren las puertas en su formación literaria. Fundamental es el periodista Bernardo Ossandón, quien le permite el libre acceso a su biblioteca, donde la futura Premio Nobel, se acerca a autores que serán un referente de por vida, como los novelistas rusos, el poeta Federico Mistral y el pensador francés Michel de Montaigne.

Es en el diario El Coquimbo donde aparece su primera publicación, el cuento La muerte del poeta, que firma con su nombre verdadero: Lucila Godoy Alcayaga. Siendo aún adolescente escribe en el periódico La Voz del Elqui, utilizando diversos seudónimos, entre ellas el de Gabriela Mistral, para firmar sus colaboraciones, en las que cuestiona la condición de la mujer, con opiniones consideradas tan revolucionarias e impropias de una profesora de niños, que le impiden su ingreso a la Escuela Normal de la Serena, donde intenta matricularse para formarse como pedagoga.
Con sus luces y sus sombras, la tierra natal de Gabriela, antes de su mayoría de edad, ya le había dado forma a la figura de la poetisa, trazando los ejes que atravesarían toda su vida y su creación: el amor por la tierra, la lucha por la justicia, el sentido de la maternidad, la pasión por la educación y la poesía, y el rupturismo frente a los cánones establecidos por la sociedad.

 
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