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Julio 2004

Eduardo Peralta:

"Siempre he sido polémico para los fundamentalistas"

 
Un advenedizo

- ¿Cómo es que te vinculas con los payadores y los cantores populares?

- Bueno, es un movimiento fundamentalmente folclórico y campesino, del centro sur. La gente que toca el guitarrón no es santiaguina. Es rural. Entonces soy un advenedizo en el mundo de la paya, porque yo soy nacido y mal criado en Santiago. Mi primer contacto con la paya no fue por el guitarrón ni por los campesinos, sino que fue a través de las lecturas de los poetas clásicos españoles, como Quevedo, Lope de Vega, Darío, que escribían en décimas. Los poetas del siglo de oro, Calderón de la Barca. Mi encuentro con la décima fue libresco.

- ¿De qué época estamos hablando?

- Desde que empecé a leer estos libros, a los 15 años, cuando yo todavía ni pensaba en ser payador. Y escribía versos. Tengo un libro entero de sonetos y un montón de décimas escritas que algún día voy a publicar. Lo que pasa es que después de varios años me di cuenta de que habían unos locos que con esa misma métrica, con esa misma forma poética, improvisaban, en el campo. Entonces me hice amigo de Pedro Yáñez, empecé a ir a los recitales y a algunas vigilias de canto a lo divino. Y como no soy nada de religioso me aburría un poco en estas vigilias. Pero había cosas que me interesaron: las melodías, el guitarrón, que es mágico. Pero lo más entretenido eran los encuentros de payadores. Ir a ver al Piojo Salinas, al Pedro Yáñez, al Santos Rubio, que improvisaban con la misma estructura de las décimas del siglo XVI. Y descubrí que la paya en todo Latinoamérica usa la misma métrica: la décima o la copla. Y por eso yo puedo payar con un mexicano, con un cubano, con un argentino, con un uruguayo. Lo que más me encantó fue la posibilidad de inventar poesía en el camino.

- ¿Y cómo recibieron a este joven que cantaba canciones francesas y no venía del campo?

- Hubo prejuicio. Mucha gente del mundo del folclor me sigue considerando un advenedizo. Pero a mí me da lo mismo, porque yo tengo muchos mundos. El mundo de mis canciones, el mundo de Brassans, el mundo de las payas. En todo caso, quisiera ser un poco más invitado a algunos eventos folclóricos, por ejemplo al festival de Casablanca. No me han invitado nunca y llevan más de diez años. No sé si tendría que ponerme hojotas o imitar a los campesinos como lo hacen en la tele. No es lo que yo quiero hacer. Lo que cruza todo el trabajo mío es la poesía, el juego con las palabras, las metáforas. Y aportar desde esa perspectiva. Toda mi carrera está marcada por eso.

Trovador urbano


- Tocas todas las semanas en el mismo lugar. Tu carrera está centrada en el contacto permanente con tu gente, más que en los discos…

Sí. Hay discos míos de los ochenta que todavía se venden, sobre todo en los recitales. Pero claro, lo interesante es involucrar al público. Y siempre con algún invitado. En el Café Libro hice 100 lunes, justo terminando el siglo XX. Y ahora, en el Mesón Nerudiano, muy pronto voy a cumplir otros 100 recitales.

- ¿Si se escribe una historia de la música chilena, en qué capítulo vas a estar: en el del Canto Nuevo de los ochenta o en el de los payadores populares de los 90?


- Nunca me gustó el nombre de "Canto Nuevo", es como la "Nueva canción chilena". No tiene nada de nuevo. Yo prefiero hablar de un canto permanente. Que continúa una senda que marcaron gente como Rolando Alarcón, Violeta Parra, Víctor Jara. Y hacer una canción poética que hable de las cosas cotidianas, de lo nuestro. De nuestros personajes, de nuestras calles, de los olores del país. En todo caso, voy a estar en el capítulo de la canción de autor. Y me gusta, por supuesto, la palabra trovador. Pero no me gusta que me clasifiquen, por eso hago muchas cosas distintas. Y con mi guitarra soy capaz de dialogar con un guitarronero aunque yo nunca voy a tocar el guitarrón, porque eso requiere una raíz que yo no tengo. Soy un trovador urbano.

         
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