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Noviembre 2008
Antonio Larrea, creador de portadas de discos de la Nueva Canción Chilena:
“El efecto de las carátulas lo conocimos veinte años después” (continuación)

 

Miedo al rojo

Tras el golpe militar y el cierre del sello Dicap, los encargos de carátulas y afiches cesaron. "No quise hacer más carátulas, no estaba el ambiente. La pena fue fuerte. Después fue el miedo latente. Esto se aplastó. Prohibieron el sonido de la quena, etc. Todo eso era posibilidad o impostura de muerte. Diseñar un disco rojo con una mano un poquito levantada era para que te agarrara la DINA. Nos interrogaron una vez y una de las preguntas, además de que si conocíamos a tales personas, fue: ¿Por qué utilizábamos el color rojo? Respondimos: porque era bonito, porque representa a la sangre o por último, porque el rojo lo tiene la bandera de Chile. Estaba interrogándonos una persona de la DINA, un torturador. Y en ese momento éramos enemigos para ellos”, recuerda Larrea.

En el primer aniversario del golpe militar, Antonio fue detenido mientras tomaba fotografías de las manifestaciones que se realizaban en el centro de la capital. “Estaba toda la gente gritando, tirando papeles. Al tercio del rollo me pararon altiro los pacos. Me dijeron que me iban a visitar en la noche. Yo tenía guardados los rollos de los negativos, vivía en la casa de mi mamá, cerca de la Estación Central. Tomé mis rollos, atravesé todo el centro y me fui al departamento de mi hermano que vivía cerca de Monjitas. Ahí empecé a tomar conciencia de que la foto era peligrosa, de que esto no era un juego”.

Al sur del sur

Posteriormente, el diseñador trabajó en publicidad y en diversas labores relacionadas con la fotografía, la diagramación de libros, la filmación y el buceo. Viajó por distintos lugares de Chile y el mundo. Incluso su vocación de explorador lo llevó a ser miembro de una comisión científica que, por diez años, trabajó todos los veranos en la Antártica, encargándosele tareas ajenas a su oficio, como colocar jaulas a veinte metros de profundidad, hacer mediciones y mantener los equipos del campamento. Con las fotografías captadas durante esta década pretende hacer un libro.

Uno de los hitos de ese período fue su trabajo con los hermanos Gedda, a quienes conoció durante un viaje a la Isla de Pascua. Los Gedda, a cargo de la realización del programa Al sur del mundo de Canal 13, lo invitaron a ser parte del equipo de filmación de esta serie documental, el mismo día en que se conocieron. Participó en la filmación submarina que se hizo en Pascua, modificando su viaje de uno a dos meses.

Histórica fue la filmación que Larrea realizó del traslado de una casa por aguas chilotas con una cámara de video submarina. La vivienda de madera quedó asentada en Tenaún y hace poco tiempo Antonio volvió con su familia. Es uno de los recuerdos más queridos de la carrera que forjó con posterioridad al taller de Marín: “Fue un sueño, algo surrealista. Me fui navegando adentro de la casa, en el primer piso sumergido. El resto iba arriba, nunca supieron de mí hasta dos horas después. Duró todo el día. Tratar de ubicar la casa fue difícil. La señora dice: ‘córramela un poco pa’ acá, córramela un poco pa’ allá’ y alguien dijo ‘esta ceremonia se acabó’ y ¡tung! Ahí quedó la casa. Como las cosas sucedían tan rápido, había que grabarlo todo. Esa emotividad quedó grabada en la película. La adrenalina en la noche era tan fuerte que ni dormimos. Recién al tercer día nos dimos cuenta de lo que vivimos”.

Visión urbana

Actualmente el taller de Antonio Larrea queda en la comuna de Ñuñoa. Se mudó al barrio considerando su belleza y armonía urbana. En las últimas décadas ha visto cómo ha cambiado la comuna, desarrollando una visión crítica sustentada en las comparaciones que puede realizar gracias a las ciudades de otros países que ha conocido y, principalmente, a partir del espíritu crítico que adquirió durante su paso por el liceo y la universidad. Desde la ventana de su taller se aprecian los edificios que se han levantado en los últimos años y que desdibujan el barrio que eligió. “Cada casa tenía una particular arquitectura, la gente construía con un estilo propio a medida que pasaba el tiempo. Si la casa parecía un castillo, era porque reflejaba la identidad de su dueño. Este barrio se construyó aproximadamente hace cincuenta años atrás. Ahora todo lo que está alrededor de mi casa ya está comprado. Se están construyendo edificios pegados, en un espacio urbano que fue planeado armónicamente para cierta cantidad de personas. Me siento agobiado, se cubrieron los horizontes y lo que más siento es que estoy sumergido en un hacinamiento de personas. Habíamos elegido este lugar en relación a la densidad poblacional. Nos echaron de acá”, dice Larrea.

Observando lo que pasa en su entorno y a partir de la experimentación de una “sociedad más pareja, en la que se trabajaba en colaboración”, el reordenamiento de la ciudad debiera plantearse sobre la base del antiguo concepto del barrio. “Aquí no hay conciencia. En otras ciudades del mundo no sucede. Se podría haber hecho un estudio y un plan de recuperación de casas, en vez de demolerlas. Lo que se debiera eliminar son los galpones. Esto pasa en muchas comunas, se está destruyendo a la ciudad. Desapareció la vida familiar y la de barrio. No se entiende cómo nadie puede parar esto”.
 
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