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Noviembre 2008
Antonio Larrea, creador de portadas de discos de la Nueva Canción Chilena:
“El efecto de las carátulas lo conocimos veinte años después” (continuación)

 

Revolución gráfica

Las carátulas diseñadas en el taller de Vicente Larrea no sólo representan a un movimiento musical, sino que, con los años, también se han transformado en emblema de una generación que fue testigo de hitos como la Revolución Cubana, la Guerra de Vietnam y las manifestaciones estudiantiles de 1968, en París. Su trascendencia radica, entonces, en su poder para simbolizar ideas y valores propios de ese momento cultural, social y político en Chile.

Caracterizadas por colores llamativos, contornos de trazo grueso irregular, tipografías en negrita, fondos degradados, fotografías de alto contraste, y síntesis y diversidad formal ajenas a las tendencias racionalistas del diseño gráfico suizo o estadounidense, estas portadas germinaron en un ambiente de experimentación, estimulado al interior de la carrera de diseño en la Universidad de Chile y del taller de Vicente. Como referentes externos, es posible citar el cartelismo cubano, el mural político, algunos elementos de la estética pop, y las creaciones de Celestino Piatti y Ben Shann, entre otras. Sin embargo, aunque recogen elementos estéticos foráneos, hoy en día estas creaciones son reconocidas como genuinas y propias de nuestro patrimonio visual, siendo un referente indiscutible al revisar la historia del diseño gráfico chileno.


La sincronía y el ensayo

El encargo de portadas de long play a la oficina de Vicente Larrea, se produjo gracias a la amistad que el diseñador mantenía con Carlos Quezada, miembro del grupo Quilapayún. “Él también estudiaba en la Escuela de Diseño con mi hermano y el grupo ya tenía un par de discos editados con la Odeón. Era la típica foto mal impresa con un título cualquiera. Como conocía a Vicente le pidió que interviniera en las carátulas”, explica Antonio Larrea.

Por esos años, Antonio aún cursaba la carrera de diseño gráfico en la Escuela de Artes Aplicadas de la Universidad de Chile. Víctor Jara, Violeta Parra, Inti-Illimani, Rolando Alarcón, entre otros, son algunos de los artistas que inmortalizaron visualmente sus canciones a través de las portadas de los discos diseñados en el taller de Vicente, ubicado en la calle Marín. Ahí también se editaron afiches para trabajos voluntarios, movilizaciones estudiantiles, campañas sociales y películas como El Chacal de Nahueltoro o Ya no basta con rezar, con los que simbolizaron el rostro de esta efervescente época.

Un buen número de portadas de discos, Antonio las desarrolló como trabajos para la universidad. “Mi hermano se tituló seis años antes y ya había empezado a ejercer como profesor en la Universidad de Chile. Yo tenía veinte años. Me incorporé al taller cuando estaba cursando el segundo año de diseño. Todo lo que estaba aprendiendo en la universidad lo iba aplicando a los diseños. Lo que aprendía de los muralistas con Pedro Lobos, lo empezaba a usar en las fotos del Quilapayún. Una ligazón directa del muralismo que estaba aprendiendo en esa época. Pero no era con la conciencia de que estábamos provocando algo nuevo, era más bien hacer la tarea con los Quilapayún”, explica Larrea.

De esta forma, el menor de los Larrea tuvo el privilegio de ser un estudiante que vio sus bocetos transformados en un objeto tangible en el corto plazo: “Eran mis ensayos de retrato. Yo estaba aprendiendo fotografía. Tampoco tenía la película tan clara. No había pasado todavía por los grandes maestros. Iba aprendiendo en el camino. Eran propuestas fotográficas influenciadas por lo que veía en el ambiente, fotos de revistas de exposiciones. Yo trataba de tomar la atmósfera de las fotos y reproducirlas con los grupos que me tocaban. Entonces hay una mezcla de cosas, de composición muralista con propuestas personales, con influencias de otros creadores. Siempre mezclado con lo que hacían Albornoz y Vicente. Teníamos mucha documentación en el taller. Mi hermano se preocupaba harto de eso. Comprábamos muchos libros, estábamos imbuidos de todo lo que estaba pasando en Cuba o con el movimiento hippie. Sabíamos qué estaba pasando en todo el mundo, como la revolución del ’68, por ejemplo”.

Inmerso en una sociedad convulsionada y efervescente, Antonio no alcanzó a tener conciencia plena de la trascendencia de sus diseños. “Cuando lo creamos nunca tuvimos la intención de que se transformara en un patrimonio visual. Era como un diseño universal para un momento. Todos estábamos motivados por la situación de la época. Estas carátulas y los afiches salen por todo lo que estaba pasando social y culturalmente en Chile y en el resto del mundo. Somos parte de ese movimiento mundial. Estábamos justo en el momento y en el lugar adecuado”, acota el diseñador.
 
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