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Tras el estreno más
exitoso de la historia del cine chileno, el director
de Machuca, Andrés Wood, conversó
con Nuestro. cl sobre algunos aspectos de idiosincrasia
e identidad. Dejó claro que es la sensibilidad
infantil la que determina la mirada al conflictivo
período de 1973 que narra la película,
y así como ésta no pretende ofrecer
una versión oficial, tampoco abusa del
glamour de los elementos de la época hippie.
En cuanto a la sociedad chilena, aseguró
que hoy es más clasista que entonces.
Por Rosario Mena
Como un nuevo hito en
el cine chileno se levanta la recién estrenada
película de Andrés Wood, Machuca.
Al menos hay dos razones para ello: la primera
es la calidad de la actuación, la dirección,
el rigor de la realización, la producción,
la ambientación. La segunda es la habilidad
para emocionar ampliando la percepción
y los registros de un período de nuestra
historia reciente cargado de estigmas y estereotipos.
La vivencia de Pedro Machuca (Ariel Mateluna),
un niño de escasos recursos en un colegio
del barrio alto, en donde traba amistad con Gonzalo
Infante, encarnado por Matías Quer, recrea
la experiencia de integración llevada a
cabo en el colegio Saint George, de la cual Wood
fue partícipe, en los meses que anteceden
al golpe militar de 1973.
La subjetividad de la mirada de los niños
sustenta el enfoque no político de la situación
social del país, que Wood ha defendido
ante los aislados resquemores que la cinta, masivamente
elogiada, ha provocado en algunos sectores. La
sobriedad y la coherencia de los elementos históricos
y de ambientación; la maestría para
rescatar escenas entrañables del imaginario
colectivo; la tecnología digital aplicada
para borrar las huellas del paso del tiempo que
ha transformado a la ciudad de Santiago, son algunos
de los factores que hacen de Machuca no sólo
una de las grandes superproducciones del cine
chileno, sino también una interesante ventana
desde donde indagar en nuestra identidad cultural.
- ¿Es
esta tu película más importante
en términos personales? En el sentido de
involucrar más libremente tus recuerdos,
tu imaginario infantil, tu manera de percibir
la realidad, tus emociones?
- Sí y no. Todas las películas uno
tiene que apropiárselas en términos
personales. Lo que sí tiene Machuca, que
es un regalo independiente de la historia que
se cuente, es que una fibra muy personal, no necesariamente
mía, atraviesa toda la película.
- La experiencia
del colegio y el contexto de la película
son una muestra de la idiosincrasia chilena en
general. ¿Qué tanto ha cambiado
esa idiosincrasia, en cuanto a los modos de hablar,
de relacionarse, de ejercer el clasismo o las
costumbres en general?
- El cambio más relevante es que las relaciones
reales intersociales son cada vez más escasas,
y por lo tanto el clasismo es más exacerbado
que en esos días. Lo demás no ha
cambiado tanto.
- En cuanto
al rescate histórico, ¿contrastaste
datos, en qué fuentes te basaste?
- Mé basé en la memoria subjetiva,
en el relato oral y también en libros,
diarios, televisión y documentales. La
idea nunca fue hacer la versión oficial
de esos años.
- En cuanto
a la ambientación, ¿cómo
definiste el paisaje urbano de la época,
con fotos, con documentos? ¿Qué
cosas fueron las más difíciles de
lograr?
- Me basé en las mismas fuentes, pero la
idea fue siempre que nada nos sacara de los personajes.
Es muy tentador llenar de música, modas
e íconos de la época. Evitamos ese
protagonismo.
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