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Febrero 2008
 
Ema Plascencia, tomecina
Zurcidora de los años dorados (continuación)

 

Para la esta experta zurcidora, la fábrica era como una familia. "Éramos 160 mujeres. Teníamos horario especial de entrada y salida, separado de los hombres. Teníamos tiempo para ir a almorzar a la casa. Eran muy concientes con nosotros. Le gustaba al jefe que anduviéramos impecable. Por eso nos regalaban dos cortes de paño, nosotros elegíamos la tela. Todos los hombres andaban con ternos. Nosotros nos hacíamos trajes, abrigos. Había buenos sastres y modistas que tenían harto trabajo. Nosotros íbamos donde una modista que ahora está enferma: Elsa Rosas. El otro día la fui a ver".

Según cuenta Ema, trabajar en las fábricas textiles era el orgullo y la aspiración de los jóvenes en la década del 50. "Los niños hombres estudiaban en el Liceo Industrial y de ahí entraban a las fábricas. La gente que vivía en las poblaciones de las fábricas tenía casa, luz y agua gratis. Los que vivíamos afuera nos daban el arriendo y nos pagaban las cuentas. Íbamos un mes completo al año a la casa de reposo en Coelemu, donde nos atendían como reinas. Y aparte de eso teníamos vacaciones. Funcionaba el Club Social, el Club Alemán, y otro club que estaba en la playa El Morro. Hacíamos fiestas, como por ejemplo a fin de año, una celebración sólo para las empleadas".

Ema muestra con orgullo sus fotografías junto a las operarias vestidas elegantemente en una mesa en el Club Alemán "Elegíamos reina de la industria. Todo era muy sano. No como ahora. (…) Ahí estamos en la sección de cardados. (...) En esta casita me crié yo, en Cerro Alegre. (…) Aquí estoy en Oveja", describe mientras recorre las páginas del álbum.
En el año '62 abandonó la FIAP luego de contraer matrimonio. "Me quedé en la casa, pero no se me dieron buenas las papas, como se dice, y tuve que volver a trabajar. Enviudé con tres hijos y entré a la fábrica Paños Oveja". Allí estuvo desde el '71 hasta el '82, cuando la crisis económica obligó a cerrar la FIAP, en tanto que Paños Oveja y Paños Bellavista, debieron fusionarse en la Bellavista Oveja Tomé. "Ahí ya las cosas cambiaron. Nunca volvió a ser igual. Ya no se consideraba tanto a los trabajadores, se los explotaba demasiado".

Conciente del deterioro en las condiciones de los obreros y empleados textiles y de la importancia de educar a sus hijos para que tuvieran otras opciones Ema se esforzó para conseguir que sus dos hijos estudiaran en la universidad en Concepción. "Gracias a Dios mis hijos no continuaron en el textil. Yo creo que ningún padre quiere eso para sus hijos. Los dos trabajan en Santiago: uno es ingeniero en computación, el otro está en Banmédica".


Tradición de mueblistas

Pero la industria textil no fue la única fuente de trabajo para los habitantes tomecitos en la época dorada. Desde el siglo XIX, cuando Tomé se constituyó como un importante puerto exportador de trigo y harina a California, surgen una serie de talleres y manufacturas, acorde a la consolidación de la localidad como centro urbano.

Dentro de esta tradición destacan las mueblerías, rubro en el que se especializó el suegro de Ema y sus tres hijos, incluido su marido. Sin ir más lejos, el hermoso aparador de roble del living, de estilo modernista, fue fabricado por su difunto esposo en los años 60. Así también la cama matrimonial y la mesa del comedor, que imponen un sello de calidad a la modesta vivienda. "En esos años la mueblería más grande era la de mi suegro. Trabajaba con Los tres hijos y todos salieron mueblistas como él".


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