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Febrero 2008
 
Ema Plascencia, tomecina
Zurcidora de los años dorados

 

En el año 1952, con 17 años cumplidos, Ema Plascencia entró a trabajar como zurcidora a la Fábrica Italo Americana de Paños (FIAP) de Tomé. Hoy recuerda con nostalgia la época dorada de la industria textil tomecina: la alta calidad de vida y el buen trato a sus trabajadores.

Por Rosario Mena



Ema Plascencia
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"Cuando yo era niña Tomé era pura prosperidad. Teníamos el molino en California, había una vitivinícola, desde donde llevaban los barriles de vino para el puerto, para exportarlo", dice Ema Plascencia, quien en 1952 ingresó a trabajar a la fábrica textil FIAP. "Ahora hay más pobreza, aunque no se nota tanto, hay mucha cesantía. Yo creo que se debiera explotar más el turismo -opina- Pueblitos más chicos han surgido más en este sentido. En Tomé debiera hacerse una Costanera, de aquí a Lirquén, por orilla de mar, sería precioso. Deberían sacarle más provecho".
A los 5 años, tras perder a su madre, Ema llegó del campo a vivir a este bullante centro urbano. "Mi tía me trajo a Tomé - relata en el living de su casa, empinada sobre el Cerro Alegre de Tomé-. Estudié hasta sexto de preparatoria y a los 17 años entré a trabajar a la FIAP como zurcidora. Ahí tuve una excelente maestra, la señora María Bismark. Era el famoso cuarto piso que le llamaban, una especie de escuela. Nosotras éramos aprendices: allí nos enseñaban a trabajar. Nuestra jefa era estricta pero muy buena. Nos revisaban el pelo, las uñas, todo. El trabajo tenía que ser perfecto".

Lo que se producían eran paños, piezas de tela, además de mantas y frazadas. No se hacían prendas en aquella época. El trabajo comenzaba con la clasificación manual de las lanas, realizada por hombres y mujeres. Después, la lana pasaba a la lavandería, que también era mixta, y luego a las secadoras. "Antes de mi generación, no habían secadores. Secaban las piezas en las zarzas".

Después de secarse, el material iba a las hilanderías en donde se obtenía lana cardada y peinada. Posteriormente los hilos se llevaban a tejer a los telares y una vez realizados, los tejidos llegaban al "cuarto piso", de las zurcidoras, donde sólo había mujeres. "Los hombres entraban ahí solamente para cargar. Nosotras teníamos el prestigio de ser buenas zurcidoras. Cuando la pieza salía del telar había que corregir con aguja todas las fallitas. A veces teníamos que memorizar 10 o 15 centímetros de un trabajo, para poder arreglar las tramas fallas. Había que marcar las piezas, zurcirlas, sacarle los nudos. Todo tenía que ser perfecto. Después trabajé también en las máquinas, con las revisadoras. Si una tela salía mala, teníamos que llamar al jefe de telares".


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