Osvaldo Vilches, un personaje popular de novela costumbrista

 
Enchufe fabricado con tapa de botella plástica.
 
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Osvaldo Vilches

Maestro de la inventiva

Botonés de un tradicional hotel de Cartagena; ataché de una banda militar y saxofonista de orquestas que hicieron furor en las boites del Santiago de los 50; empresario gastronómico en Perú y hoy inventor de enchufes, salvavidas y módulos cargadores para celulares, lo suyo es buscar, con ingenio, la solución a los problemas de la vida. Y si de vida se trata, la suya es digna de la más sabrosa novela. He aquí la historia de don Osvaldo Vilches, que no se llamaba así cuando su madre lo bautizó.

Por Rosario Mena

Antes de que su madre lo reinscribiera en el Registro Civil con el nombre de su padrastro, previo a retirarlo de la Sociedad Protectora de la Infancia, donde lo dejó a los dos años de edad, sin visitarlo ni una sola vez, durante once años, Osvaldo Froilán Vilches Pérez se llamaba de otro modo. Su primer nombre, Eduardo, y su primer apellido, Cruz, fueron reemplazados por los del nuevo marido, mientras que mantuvo su segundo nombre y el apellido materno.

Un accidente menor en la vida del inventor de enchufes mucho más seguros que los tradicionales, además de acoplables, que permiten prescindir de las incómodas zapatillas; de modernos módulos para cargar celulares con llave, en lugares públicos y oficinas, y de chalecos salvavidas, rellenos con botellas plásticas, que cuestan 7 veces menos que los otros y son igual de eficientes. Cables, dibujos, tapas de bebidas (con las que el maestro fábrica a mano los enchufes) y máquinas eléctricas, componen el montaje con el que Vilches se esmera en demostrar la efectividad de sus inventos, que deslucen frente a la fascinante historia de su vida, que va narrando en paralelo.


Aventuras y desventuras

Con trece años partió, entonces, junto a su madre al puerto de San Antonio, en donde se encontró con una nueva hermana. El antipático padrastro, de profesión electricista, ni siquiera hizo amago de saludarlo: "Anda a buscar agua, me dijo. Y me puso en la espalda un fierro con un balde colgado a cada lado". Aunque consiguió una beca en uno de los mejores liceos de San Antonio, lo pusieron a trabajar sin posibilidad de asistir a clases.

Tres meses duró en la casa el hijo recuperado del orfanato. Tiempo suficiente para adquirir, junto al jefe de hogar, las nociones de electricidad que más tarde desarrollaría en forma autodidacta hasta convertirse en exhimio conocedor de circuitos, amperes y voltajes. Al cuarto, mes, descontento del abuso familiar, el chico se arrancó a Cartagena. Allí trabajó de copero en un restaurante y luego de botonés en el antiguo Hotel Continental. Hasta que un día se encontró en la plaza con la banda musical de la Escuela de Ingeneniería Militar. Y como nuestro heroe no da puntada sin hilo, no pierde el tiempo y se ofrece como clarinetista, arte que había aprendido en la Sociedad Protectora.

     
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