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Mayo 2009
Victorina Gallegos, locera:
“La greda es mi vida”

Conversamos con una fiel exponente de la tradición alfarera de Quinchamalí, localidad ubicada a unos 30 km de Chillán donde se funde el pasado indígena con la raigambre campesina en una artesanía que se caracteriza por sus dibujos incisos en blanco sobre una superficie de greda negra y brillante. Con esta técnica, se fabrican elementos utilitarios como mates, jarros y alcancías, y decorativos como las tradicionales guitarreras y pavas, mediante una técnica que amenaza con su extinción.


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Quinchamalí se emplaza en un antiguo poblado de indios –testimonio del acoplamiento de las culturas mapuche y española– cuyo nombre corresponde a una hierba muy abundante en el sector y muy usada en la medicina indígena para tratar afecciones hepáticas o acelerar la cicatrización. Sin embargo, su identidad no se asocia tanto a las flores amarillas de la planta como a la cerámica negra que elaboran las mujeres del pueblo, verdadero reino femenino que equipara a la hora del sustento la labor masculina en la agricultura de la zona.

Desde la prehistoria, el modelamiento del barro cocido ha recogido el símbolo de la fertilidad a través de la creación de contenedores de uso doméstico, cuya elaboración se asocia, naturalmente, a las manos femeninas, a través del tiempo. Así, los gestos de las alfareras se remontan al tránsito entre la vida nómade y las costumbres sedentarias, vinculándose al fuego del hogar, a lo íntimo y doméstico. En la geografía alfarera chilena, señala Ximena Valdés en Memoria y cultura. Femenino y masculino en los oficios artesanales (1993), “Quinchamalí y sus alrededores son expresión particular de la cerámica negra incisa-pintada […] manifestaciones de cerámica incisa de blanco sobre negro [que] se han encontrado en las tradiciones agroalfareras precolombinas, como por ejemplo en la antigua tradición Bato”, cuyo rasgo característico eran las incisiones, estrategia decorativa profusamente utilizada en las piezas quinchamalianas. Este rasgo es precisamente lo que unifica identitariamente los artefactos de uso doméstico con las posteriores creaciones figurativas y ornamentales, entre las cuales destaca la figura de la guitarrera como una conjunción indígena y criolla, síntesis cultural, y, como señala Sonia Montecino en Quinchamalí. Reino de mujeres (1986) modulando “un tránsito al interior de las producciones funcionales y la concreción de una cultura campesina donde el rol de la mujer comienza a tornarse relevante”, siendo una suerte de autoimagen de la propia alfarera.

La guitarrera es la figura favorita de Victorina Gallegos, sesenta años y siete hijos, “felizmente casada todavía”, según cuenta. Locera desde los doce años, asumió el trabajo para ayudar a su familia: “en cuarto básico murió mi padre y yo era la mayor de mi familia, entonces me salí del colegio a trabajar con mi madre para alimentar a mis hermanos. Y desde ahí que trabajo la greda, no descanso de trabajar, siempre perfeccionándome más, cuando no tomo greda parece que no es mi día. La greda es mi vida, con ella he mantenido a mis hermanos y a mis hijos y me ha dado muchas satisfacciones, he conocido casi todo mi país, he recorrido Chile con mi trabajo. Y me sigue dando satisfacciones porque me premian y eso a una la engrandece, porque reconocen su trabajo”.

Pero no todo ha sido fácil. “He tenido altos y bajos, porque en el invierno es sumamente mala la venta. Pero yo salgo con mi canasto, un bolso, me voy a Concepción, a Santiago, salgo a vender, yo no tengo vergüenza de salir a ofrecer mi mercadería. Aquí [en Quinchamalí] habemos noventa artesanos más o menos, como treinta activos en invierno y verano, los demás son ocasionales, que trabajan cuando pueden, cuando tienen venta. Lo malo es que las autoridades no se preocupan de difundir más este trabajo, deberían preocuparse de todos los que no pueden vender sus cosas. Porque la gente se sorprende, dicen ‘todavía existe esta greda’, porque esto viene de muy antiguo y la gente piensa que ya no se hace”, dice Victorina.

Otra cosa que le preocupa es la posible extinción de la técnica. “Yo he perseverado, pero desgraciadamente a mis hijos, que saben todo el proceso, no les interesa. Lo que pasa es que uno les da la educación que más puede y los hijos emigran a la ciudad y encuentran trabajo bueno y se quedan y así se pierde la tradición. Aparte de que a los jóvenes no les interesa, cuesta tanto sacar una pieza cocida, no es que uno haga la pieza y sea súper fácil, son dieciocho las etapas distintas que van en un proceso largo”, señala y comienza a relatar cómo se fabrican las tradicionales piezas.

 
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