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Febrero 2009
San Juan, Dalcahue
Artistas de Ribera (Continuación...)

 

Comunidad de músicos y carpinteros

Diez personas trabajan en su taller, cumpliendo distintas labores: “Unos trabajan en macilla, pintura; otros preparan madera para el entablado; otros fabrican embancaduras, que se usan para sostener la cubierta”. Uno de sus carpinteros es Heriberto Bahamonde, bis nieto del pionero constructor, cuya tradición es respetada por el jefe: “Yo aprendí de niño mirando a la familia Bahamonde”.

Por su parte, Heriberto agrega con orgullo: “Aquí todos saben trabajar. Hay otros lugares, pero no con la tradición que hay aquí. De aquí salen las mejores embarcaciones, son diferentes a las del resto de Chiloé. La embarcación tiene que ser en V para navegar. Contando San Juan alto, aquí somos doscientas casas. Y no es como ninguna otra parte, donde cada uno vive su metro cuadrado. Aquí hay comunicación. Nos juntamos en la iglesia, conversamos. Todos nos ayudamos a trabajar. Si hay que sacar papas o construir. En febrero está la semana sanjuanina, la segunda semana. Se hacen actividades para niños, una peña. Además aquí hay muchos cantores, y la gente toca el acordeón. Mi papá toca acordeón a botones, sin teclado. De esas quedan muy pocas. Hay un conjunto folclórico de niños, hacen canciones, bailes. Han ido a tocar a Dalcahue”.

Sergio Bahamonde es el padre de Heriberto. Ha tocado el acordeón desde los doce años, tal como lo hicieron su papá, don Alfonso Bahamonde, sus tíos, y su abuelo Eduardo. “Tocaba en bailes de aquí, para las mingas, para las fiestas, para las rifas con baile. Después aprendí el acordeón a piano, y me anduve olvidando de la de botones, pero tengo uno. Lo toco cuando hay una peña, una reunión”. Traído desde Argentina, el acordeón reemplazó en el siglo pasado al violín, con la ventaja del mayor volumen requerido para animar un baile. Y en esta parte de la isla, abundan sus cultores. Cada año, en el cercano pueblo de Tenaún, se realiza un encuentro de acordeonistas la primera semana de febrero, al cual asisten don Sergio y su nieto.

Un verdadero paraíso amenazado por la pavimentación de la ruta de acceso que dentro de pocos meses podría estar terminada. “Ya está en nuestra mente que va a cambiar –dice don Sergio-. Va a llegar más gente. Pero por otro lado es más facilidad para nosotros, estamos muy aislados”. Entonces nos conduce hasta su hogar. Parece una locación armada para un documental: la ventana, la playa al fondo con los barcos y los niños jugando a la pelota; el refrigerador; la casa pobre que contrasta con la lustrosa, radiante y protagónica acordeón, en torno a la cual la familia ya se ha ido juntando para disfrutar de la música. “Aquí la música es muy importante. Varios de mis nietos están en el conjunto”, dice el abuelo mientras llama a uno de ellos, que juega fútbol en la arena, para que lo acompañe tocando a dúo para nosotros. “Si tiene que venir el Richard -nos advierte-. Ya va a subir la marea”.
 
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