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Un cuñado y un hermano
llevaron al marido de Sonia a convertirse en organillero
hace ya 27 años. Además de trabajar
en su casa de San Bernardo haciendo los juguetes,
desde entonces Sonia acompañaba a su marido
y le ayudaba a vender. Después de dos décadas,
ella tomó su propio organillo. Un instrumento
delicado, de más de cien años de antigüedad,
que requiere cuidado, mantención y un riguroso
aseo diario: "Lo limpio cada vez que salgo,
antes y después de usarlo". La revisión
periódica, Sonia la hace donde el maestro
Manuel Lizama, experto en reparaciones y restauraciones.
"Es cosa de querer el organillo, si uno lo
quiere, lo cuida".
A sus 42 años, y con
cuatro hijos, una de las cosas que más
aprecia de su oficio es la libertad: "A una
nadie la manda. Yo por lo menos trabajo los puros
fines de semana y a las horas que quiero. A veces
los niños me acompañan. Voy por
Las Condes, Vitacura, Providencia. También
puede salir un cumpleaños o un matrimonio
En la semana me preocupo de mis hijos que van
al colegio y de la casa. Los viernes todos juntos
preparamos las cosas para los organillos".
Las ocho melodías
originales almacenadas en el cilindro, incluyen
antiguas canciones españolas, corridos
mejicanos, cuecas y tangos. "Aunque usted
no lo crea, hay gente que conoce las melodías
y las piden. El año pasado, en la playa,
un chico de catorce años me pidió
que tocara La Españolita y La Leonora".
A pesar de los momentos de soledad, cuando
nadie se acerca al organillo, Sonia se siente
recompensada."Hay días en que no llega
nadie en una hora, y uno tiene que seguir tocando
no más. Hasta que empieza a ganar plata.
A veces pasa al revés. La gente llega al
tiro y después ya no llega nadie. Es relativo.
Pero si a uno le gusta, no ve el sacrificio. Aparte
de mantener la tradición, porque ésta
es una de las cosas más típicas
de Chile, yo me relajo. Me salgo del trajín
de la semana. A veces la gente baila, o canta,
y ahí yo pienso que lo que estoy haciendo
está bien".
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