Sonia Trujillo, organillera
 
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Sonia Trujillo:
La mujer del organillo


Por Rosario Mena

En todo Chile, solamente existen dos organilleras mujeres. Dos madres de familia que, entusiasmadas por el ejemplo del marido, los hijos y otros parientes, han adoptado este oficio tradicionalmente masculino, saliendo a la calle con sus organillos y extendiendo su labor en este arte más allá de la fabricación casera de pelotas, remolinos y chicharras. Sonia Trujillo es una de ellas: "Yo pienso que somos dos en el mundo, porque nunca he escuchado que exista otra- dice entre risas-Nosotras nos metimos de instrusas".

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Un cuñado y un hermano llevaron al marido de Sonia a convertirse en organillero hace ya 27 años. Además de trabajar en su casa de San Bernardo haciendo los juguetes, desde entonces Sonia acompañaba a su marido y le ayudaba a vender. Después de dos décadas, ella tomó su propio organillo. Un instrumento delicado, de más de cien años de antigüedad, que requiere cuidado, mantención y un riguroso aseo diario: "Lo limpio cada vez que salgo, antes y después de usarlo". La revisión periódica, Sonia la hace donde el maestro Manuel Lizama, experto en reparaciones y restauraciones. "Es cosa de querer el organillo, si uno lo quiere, lo cuida".

A sus 42 años, y con cuatro hijos, una de las cosas que más aprecia de su oficio es la libertad: "A una nadie la manda. Yo por lo menos trabajo los puros fines de semana y a las horas que quiero. A veces los niños me acompañan. Voy por Las Condes, Vitacura, Providencia. También puede salir un cumpleaños o un matrimonio… En la semana me preocupo de mis hijos que van al colegio y de la casa. Los viernes todos juntos preparamos las cosas para los organillos".

Las ocho melodías originales almacenadas en el cilindro, incluyen antiguas canciones españolas, corridos mejicanos, cuecas y tangos. "Aunque usted no lo crea, hay gente que conoce las melodías y las piden. El año pasado, en la playa, un chico de catorce años me pidió que tocara La Españolita y La Leonora".

A pesar de los momentos de soledad, cuando nadie se acerca al organillo, Sonia se siente recompensada."Hay días en que no llega nadie en una hora, y uno tiene que seguir tocando no más. Hasta que empieza a ganar plata. A veces pasa al revés. La gente llega al tiro y después ya no llega nadie. Es relativo. Pero si a uno le gusta, no ve el sacrificio. Aparte de mantener la tradición, porque ésta es una de las cosas más típicas de Chile, yo me relajo. Me salgo del trajín de la semana. A veces la gente baila, o canta, y ahí yo pienso que lo que estoy haciendo está bien".

 
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