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Agosto 2007
 
Fotógrafos de cajón o minuteros
Entre la resistencia y el olvido (continuación)

Bajo el sueldo ético

La actual cámara que usa Luis la compró por $20.000. "No era una cámara, era un cajón. Estaba botada. Se la compré a un viejito. Mi papá me dio el dato y un tío político Carlos María Ángel, me ayudó a arreglarla". Su padre Juan Maldonado, también minutero, hacía caballos de madera y su abuelo fue el patriarca que cultivó este oficio. Incluso aparece en la película El Circo de los Chamorro. "Ahí, cuando el protagonista llega a la ciudad, se toma una foto aquí en la Plaza, ese era mi abuelo, que apenas se ve como de lado", cuenta Luis.

Ajustándose a los nuevos tiempos Luis también ofrece servicios con cámara instantánea y profesional para entregar fotografías en colores de un día para otro. "Tengo que tener la polaroid, sino me muero de hambre", argumenta. En promedio, en un día normal, gana $5.000. Hay domingos en los que ha ganado sólo $1.000. Los días nublados o lluviosos son nefastos. En celebraciones como el día del niño o de los enamorados sus ganancias aumentan, pero se trata de festividades que están distanciadas la una de la otra. Las vísperas de Navidad son el mejor periodo para ganar dinero extra. A sus ganancias mensuales se le debe restar el costo de los papeles fotográficos, el almuerzo y la locomoción. "Al país le sale barato mantener vivo este lindo oficio", ironiza el minutero.

El 2006, con ocasión del Día Internacional de la Fotografía, fue invitado a participar en el acto realizado en el Centro Cultural Palacio de La Moneda, presidido por la recién nombrada Ministra de Cultura, Paulina Urrutia. Del evento salió contento y orgulloso por el reconocimiento que significó la invitación. Afuera los transeúntes le pidieron fotos con La Moneda de fondo. Sin embargo, los carabineros no lo dejaron trabajar porque no tenía permiso. "Pero por qué la gente y los turistas se pueden sacar fotos acá y yo no puedo tomar las mías", le decía a los uniformados. Ningún argumento sirvió. Del homenaje pasó inmediatamente a la marginación.

Uno de los mayores problemas que tiene para ejercer su trabajo es el permiso que le otorga la Municipalidad de Santiago. Cada seis meses debe pagar $35.000. De esta manera el sólo puede trabajar en la Plaza de Armas. Si pretendiera trasladarse a otro sector del centro de Santiago no podría. Como consecuencia pierde potenciales clientes, como los que transitan en el frontis del Museo Nacional de Bellas Artes los domingos. Esta medida atenta directamente a la permanencia de su oficio, pues se minimizan sus posibilidades de ganar el sustento necesario.

Su hijo de 13 años lo anima a abandonar el oficio. "Me dice, no tienes salud ni previsión, por qué no dejas esto. Estoy en una encrucijada, entre esto y un trabajo más seguro. No hay más de 30 personas en Chile que trabajen como minutero. Esto se va a extinguir. A quién recurro para solucionar este problema. He estado en varias partes. Me chorea que no me den respuesta". También ha intentando asociarse con otros fotógrafos, pero su iniciativa no ha tenido buenos resultados. "No les interesa, cada uno está en lo suyo", explica.


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