Son muchos los datos que se pueden inferir de los restos de un ser humano, de los objetos que se encuentran alrededor de él o del emplazmientos donde fueron econtrados los restos.
Este es un cráneo correspondiente a un hombre adulto. Parte de sus restos fueron quemados, por lo que se estima que se incineraron en el ritual funerario. La data exacta de este cráneo aún no se confirma.
 


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Enero 2001

Exacavaciones en Aysén:
Curiosidad y respeto
El destacado arqueólogo Francisco Mena, a cargo de un proyecto de investigación en las zonas australes de Entrada Baker y Bajo Río Ibañez, relata sus impresiones tras las excavaciones realizadas este verano, centradas en el estudio de las tradiciones funerarias. La apertura permanente al conocimiento y el respeto por el patrimonio aparecen como claves ineludibles.

Quizás sea porque es una de las zonas de cuya prehistoria se sabe menos en Chile, pero la verdad es que cada campaña de investigaciones arqueológicas en Aisén es una sorpresa. Lo que creíamos saber se desvanece con cada excavación, cada fechado radiocarbónico. Antes creíamos que el hombre había llegado a estas regiones más o menos en la misma época que lo hizo a sitios clásicos como la Cueva Fell en Magallanes o las cueva de Los Toldos en la altiplanicie central de Santa Cruz. Ya no estamos tan seguros. Antes no creíamos posible que los indígenas de las pampas hayan descendido por los ríos hasta muy cerca del mar. Ya no estamos tan seguros. Antes creíamos saber que la presencia mapuche en la región era un fenómeno relativamente reciente, parte integral de las migraciones de chilenos venidos desde la IX y X regiones a principios del siglo XX. Ya no estamos tan seguros.

Quizás lo más importante es que hemos aprendido a valorar la historia indígena de estos territorios por sí mismos, ya no como una nota a pie de página de la arqueología de Magallanes o la de las pampas argentinas. Nos hemos dado cuenta, por lo demás, que para tener una visión más amplia de la arqueología de Aisén es igualmente necesario conocer algo de la arqueología de la Araucanía o de zonas más septentrionales en actual territorio argentino. Poco a poco, hemos ido aprendiendo a valorar la historia propia de cada valle como algo distinto, más allá de esa categoría plana y simplista de "la arqueología de Aisén".

Y quizás ese sea el principal aporte del proyecto de investigación en que estamos comprometidos ahora. Gracias al apoyo financiero de FONDECYT, hemos podido recorrer y registrar sistemáticamente la zona de Entrada Baker (Alto Río Chacabuco, al este del actual pueblo de Cochrane) y, este año, la zona del Bajo Río Ibáñez (alrededores de Puerto Ibáñez). El próximo año pensamos trabajar en la zona del Alto Río Ñirehuao, al noreste de Coyhaique. Lo primero que salta a la vista fruto de estos trabajos, es que cada zona tiene sus propias particularidades: mientras que en Entrada Baker no hay arte rupestre, en el Bajo Ibáñez es abundante; mientras allá se usó en abundancia la obsidiana (vidrio volcánico negro) obtenida de fuentes lejanas, en el Bajo Ibáñez se usaron piedras disponibles localmente en forma de guijarros a la orilla de los ríos y el gran Lago General Carrera; mientras que en Entrada Baker predominan los instrumentos relacionados con la caza y preparación de cueros de guanaco, en el Bajo Ibáñez fue importante el trabajo de madera; mientras que en Entrada Baker no se practicaron entierros humanos, en el Bajo Ibáñez –más bajo, templado y quizás más propicio para estadías más prolongadas por grupos de varias familias- encontramos diversas formas de enterratorio...

Esta vez nos preocupamos especialmente del tema de los entierros humanos, y puesto que uno de los miembros de nuestro equipo debe hacer su tesis sobre el tema, intuyo que vamos a psar gran parte del año entretenidos en este asunto. Nos interesa, sobre todo, la costumbre de enterrar en "chenques" o túmulos de piedra, puesto que son uno de los pocos rasgos arqueológicos en la zona ubicables con cierta certeza en el tiempo.

Admito que es una ubicación muy general –"tardíos", "en los últimos mil años"- pero tenemos al menos una idea de su antigüedad, más de lo que podemos decir con respecto a la mayoría de los artefactos de piedra o las pinturas rupestres, que son básicamente iguales (o mejor dicho, no conocemos sus sutiles diferencias) a lo largo de miles de años.

No sólo tenemos una idea general de la antigüedad de los "chenques", sino que el análisis sistemático de los cuerpos enterrados en ellos podría revelarnos si hubo o no mezclas entre poblaciones tehuelches, mapuches o "criollas", podría revelarnos qué enfermedades tenía esta gente, qué comían, si andaban o no a caballo, etc. Tan interesantes como los esqueletos mismos son los que los arqueólogos llamamos "patrones funerarios". Es decir, cómo se enterraba a los muertos, si había un ritual funerario diferente para hombres y mujeres, porqué se les enterraba a veces en conjuntos de "chenques" y otras veces en "chenques" aislados.

Este verano el tiempo nos alcanzó apenas para excavar dos de estas estructuras sistemáticamente. Claramente, demasiado pocas como para aventurar conclusiones de cualquier tipo. Y, sin embargo, tenemos que ser pacientes. Aceptar que el trabajo es lento y que lo que se gana en información con un trabajo meticuloso, es a la larga mucho más beneficioso que lo que se ganaría con excavar varias estructuras más rápido y con menos cuidado. Respetar este patrimonio de todos, que ha esperado siglos para ser estudiado, y bien puede esperar unos cuantos años más. El riesgo, sin embargo, es que nuestros estudios llamen la atención de otros y que este sitio sea destruido por curiosidad, ignorancia o simple vandalismo, antes de que podamos estudiarlo adecuadamente. Mal que mal, este y otros sitios no son de nuestra propiedad, ni son patrimonio exclusivo de los que los estudiamos. La comunidad local, la región, el turismo internacional, tienen tanto derecho a conocerlo y usarlo a su manera como tiene la comunidad científica. Estoy cada vez más convencido, sin embargo, de que un cajón de huesos triturados o incluso un bello panel de pinturas rupestres no tienen valor en sí mismos como objeto de contemplación. Son apenas huellas tangibles de una historia intangible, un mensaje del pasado que es el patrimonio verdaderamente valioso, y que quisiéramos contribuir a develar, en beneficio de la educación, el sentido de identidad, la artesanía o el turismo.

 
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