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Marzo 2007
 
Jorge Teillier
El molino y la ciudad

 

El escritor y amigo de Jorge Teilleir (1935-1996), Francisco Véjar, revela un valioso y agudo semblante del nostálgico poeta, con quien compartió en los húmedos paisajes sureños y en bulliciosos bares y picadas de diversos puntos de zonas rurales y urbanas. A partir de las coversaciones que mantuvo con Teilleir, nos da a conocer el carácter y visión del autor de "Para ángeles y poetas", "Poemas del país de nunca jamás" y "Cartas para reinas de otras primaveras", entre otras publicaciones.

Entre un lord inglés y un boxeador contra las cuerdas, como dijera Jorge Boccanera, era Jorge Teillier (1935-1996). Nació en Lautaro, el mismo día de la muerte de Carlos Gardel, y fecha, además, en que los mapuches celebran el año nuevo. Su lugar de origen fue La Frontera, el "pequeño Far West", como lo llamaba Pablo Neruda. Esa zona está entre el Bío Bío y el Toltén. Es un territorio poblado por colonos (Lautaro fue fundada en 1881). La vegetación virgen había sido desplazada por avellanos, pinos y eucaliptus. El tipo de construcción era europea. Se hablaba tanto en castellano como en francés, inglés y mapudungún. Un mundo que Teillier jamás olvidó. Su universo poético está transido de fantasmas, duendes, viejas cajas de música, estaciones de trenes y, por supuesto, el sur real e imaginario que vivieron sus antepasados y cuyos sueños, ya muertos, lo acompañaban en el retorno a la provincia.

¿Influencias o afinidades? En algún momento: Mary Webb, la novelista de Gales, la tierra de Dylan Thomas; Knut Hamsum; Selma Lagerloff; y Francis Jammes. Los tiempos cambian pero yo no cambio, solía decir Teillier en su residencia de El Molino del Ingenio, campo ubicado entre La Ligua y Cabildo ( IV Región de Chile).

Allí se radicó en los últimos 10 años de su vida. En esos predios tenía una pequeña casa de madera que había sido de un molinero muerto. En los muros de su pieza, además de una enorme y selecta biblioteca, había puesto postales, el equipo de fútbol de Polonia (con un autógrafo del entrenador), el equipo de Francia (sin autógrafo), unos dibujos a pastel hechos por su nieto y una foto de su abuelo francés. A menudo pasaba gran parte del día en el escritorio leyendo a sus preferidos, Novalis y Hölderlin, ambos románticos alemanes. Sus días se repartían entre los pueblos más cercanos. En una oportunidad nos pusimos chaquetas de cuero y sombreros y nos fuimos a recorrer los bares de Cabildo. Le decía a la gente que yo era una persona rica y que había comprado unos terrenos para organizar unos tijerales, a los cuales invitaríamos a todo el mundo. Entonces nos regalaban whisky. En La Ligua, en cambio, su bar preferido era el de "Don Rocha". Curioso lugar, habitado por espejos y una vieja clientela. Sobre una de esas mesas de roble, Teillier escribió: "Estoy donde Don Rocha frente a un vaso de whisky. / Sí, nostalgias del Far West, nostalgia de rebaños y trigales infinitos, / de lunas azules y de un tiempo sin tiempo". Ese bar tuvo un fin curioso: lo que había sido el mostrador y las mesas donde los habitúes jugaban al cacho y bebían vino tinto, se transformó en un negocio de tejidos. Don Rocha, al final de sus días nos atendía en el patio de su casa bajo un parrón. "Así dejan las mujeres a los hombres", me dijo Teillier de manera sentenciosa.
 
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