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El
escritor y amigo de Jorge Teilleir
(1935-1996), Francisco Véjar,
revela un valioso y agudo semblante
del nostálgico poeta,
con quien compartió en
los húmedos paisajes
sureños y en bulliciosos
bares y picadas de diversos
puntos de zonas rurales y urbanas.
A partir de las coversaciones
que mantuvo con Teilleir, nos
da a conocer el carácter
y visión del autor de
"Para ángeles y
poetas", "Poemas del
país de nunca jamás"
y "Cartas para reinas de
otras primaveras", entre
otras publicaciones.
Entre
un lord inglés y un boxeador
contra las cuerdas, como dijera
Jorge Boccanera, era Jorge Teillier
(1935-1996). Nació en Lautaro,
el mismo día de la muerte
de Carlos Gardel, y fecha, además,
en que los mapuches celebran el
año nuevo. Su lugar de
origen fue La Frontera, el "pequeño
Far West", como lo llamaba
Pablo Neruda. Esa zona está
entre el Bío Bío
y el Toltén. Es un territorio
poblado por colonos (Lautaro fue
fundada en 1881). La vegetación
virgen había sido desplazada
por avellanos, pinos y eucaliptus.
El tipo de construcción
era europea. Se hablaba tanto
en castellano como en francés,
inglés y mapudungún.
Un mundo que Teillier jamás
olvidó. Su universo poético
está transido de fantasmas,
duendes, viejas cajas de música,
estaciones de trenes y, por supuesto,
el sur real e imaginario que vivieron
sus antepasados y cuyos sueños,
ya muertos, lo acompañaban
en el retorno a la provincia.
¿Influencias o afinidades?
En algún momento: Mary
Webb, la novelista de Gales, la
tierra de Dylan Thomas; Knut Hamsum;
Selma Lagerloff; y Francis Jammes.
Los tiempos cambian pero yo no
cambio, solía decir Teillier
en su residencia de El Molino
del Ingenio, campo ubicado entre
La Ligua y Cabildo ( IV Región
de Chile).
Allí se radicó en
los últimos 10 años
de su vida. En esos predios tenía
una pequeña casa de madera
que había sido de un molinero
muerto. En los muros de su pieza,
además de una enorme y
selecta biblioteca, había
puesto postales, el equipo de
fútbol de Polonia (con
un autógrafo del entrenador),
el equipo de Francia (sin autógrafo),
unos dibujos a pastel hechos por
su nieto y una foto de su abuelo
francés. A menudo pasaba
gran parte del día en el
escritorio leyendo a sus preferidos,
Novalis y Hölderlin, ambos
románticos alemanes. Sus
días se repartían
entre los pueblos más cercanos.
En una oportunidad nos pusimos
chaquetas de cuero y sombreros
y nos fuimos a recorrer los bares
de Cabildo. Le decía a
la gente que yo era una persona
rica y que había comprado
unos terrenos para organizar unos
tijerales, a los cuales invitaríamos
a todo el mundo. Entonces nos
regalaban whisky. En La Ligua,
en cambio, su bar preferido era
el de "Don Rocha". Curioso
lugar, habitado por espejos y
una vieja clientela. Sobre una
de esas mesas de roble, Teillier
escribió: "Estoy donde
Don Rocha frente a un vaso de
whisky. / Sí, nostalgias
del Far West, nostalgia de rebaños
y trigales infinitos, / de lunas
azules y de un tiempo sin tiempo".
Ese bar tuvo un fin curioso: lo
que había sido el mostrador
y las mesas donde los habitúes
jugaban al cacho y bebían
vino tinto, se transformó
en un negocio de tejidos. Don
Rocha, al final de sus días
nos atendía en el patio
de su casa bajo un parrón.
"Así dejan las mujeres
a los hombres", me dijo Teillier
de manera sentenciosa.