Antigua Dársena del Club de Yates ubicada en el Sector de las Ánimas, Valdivia.
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Historia del velerismo
Yatistas de Chile (continuación)

 

Así, Valdivia fue el astillero madre de gran parte del velerismo nacional. Desde entonces se han multiplicado los clubes y regatas, olvidando a esos pioneros alemanes que, con tanto esfuerzo, fabricaron hace un siglo esos modestos veleritos que sólo podían navegar por los ríos Calle Calle y Valdivia, sin cabina y apenas siete metros de largo. Sin trajes de agua, debían soportar fríos y vientos... con gruesas mantas de Castilla.

Demás está decir que este origen se remonta a Alemania, donde por entonces, hacia el 1900, se había puesto de moda la navegación deportiva surgiendo diseños que, viaje tras viaje, los inmigrantes que viajaban allá traían de regreso en sus maletas. Incluso, el reglamento del club fue redactado en alemán y su nombre oficial era "Segel-verein Valdivia". Su gorra oficial era la misma del Real Club de Kiel. Su gran impulsor, Otto Stolzenbach, lo animó por más de medio siglo, hasta 1960, cuando falleció en un trágico accidente mientras se instalaba una gran máquina nueva en su industria. Él fue el primero en construir varios yates tipo "star", de categoría olímpica en la actualidad, así como el primer "pirata", tipo que también sigue vigente en las regatas, lo que demuestra la visión de futuro de este padre del velerismo chileno. Se merece este recuerdo ahora que veleristas nacionales, de la última década, han comenzado a dar triunfos internacionales en este deporte que todavía tiene escasos cultores a pesar de las extensas costas del país.

Otro precursor que merece un recuerdo es Charlie Kay, "el primer navegante chileno en solitario". De Algarrobo zarpó en marzo de 1973, hasta Guayaquil, tramo en que tardó 36 días. Luego, vía Islas Galápagos, llegó a Acapulco en México. De ahí, en una navegación dura porque se tiene el viento en contra, siguió hasta San Francisco de California. Su embarcación, de óptimo desempeño, había sido construida en los astilleros ASMAR de la Armada. El "Júpiter", con anécdotas para sus nietos, llegó sin novedad.

Es el máximo sueño: en soledad, frente al mar. Noches de silencio largas y estrelladas, el movimiento constante del velero, la brisa jugando con las velas, y una sensación, única, de estar vivo.
 
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