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Valparaíso y el fuego (continuación)

 

Los que pierden sus casas

El 27 de enero de 1828 ardieron dos cuadras del barrio El Almendral. Se consumieron varias casas de material ligero, donde vivían comerciantes en carne, velas y jabones, que perdieron, además de sus hogares, toda su mercadería. El diario El Mercurio del puerto advirtió entonces sobre la carencia de medios disponibles para combatir el fuego. Éste es otro tipo de incendio de Valparaíso: el que deja damnificados sin casas, el que afecta más al pequeño comerciante que a las grandes bodegas del puerto.

El 15 de marzo de 1843 se declaró un incendio de origen doméstico que alcanzó grandes proporciones. El fuego se inició en un almacén la calle Prat, y fue provocado por un muchacho que perseguía a un ratón con una vela encendida. Desde ahí se propagó a depósitos de líquidos inflamables, como diluyentes y bebidas alcohólicas. Se consumieron quince casas y varios negocios y talleres, entre ellos la imprenta de El Mercurio, el mismo que hacía 35 años atrás había hecho notar la desprotección del puerto frente al fuego. El diario dejó de aparecer durante 10 días. La Municipalidad empezó entonces a promover una asociación contra los incendios, que ya habían pasado a convertirse en una amenaza seria para la población.


Llegan los bomberos

A mediados de diciembre de 1850 el fuego partió desde una cigarrería y se extendió rápidamente por la calle Esmeralda. Arrasó con 13 casas, bodegas y almacenes de aduana y varios establecimientos comerciales e industriales. A raíz de este siniestro, el 5 de junio del año siguiente se formaron las dos primeras compañías de bomberos voluntarios del puerto. Aunque se llamaban la "Inglesa" y la "Alemana" fueron equipadas con bombas de fabricación norteamericana.

Entonces se inició toda una tradición bomberil en el puerto. Joaquín Edwards Bello anota: "El Cuerpo de Bomberos es una institución cívica espontánea que no tiene igual en el mundo entero. Los bomberos son voluntarios; cada colonia extranjera forma su bomba que compite con las otras de una manera entusiasta. Casi todos los jóvenes elegantes son bomberos. A lo mejor cuando está uno conversando con un grupo de amigos, suena el lento llamado a incendio. Los jóvenes se levantan a un tiempo, se despiden rápidamente, corren...".

El 13 de noviembre de 1858 por la mañana la chimenea del Club de la Unión desató un incendio que cundió por las cuadras vecinas, a pesar de la lluvia, pero contando a su favor con el viento. Nuevamente resultó destruida la imprenta de El Mercurio y varios negocios y casas particulares. Las pérdidas se acrecentaron con los saqueos que empezaron cuando, después de siete horas de trabajo, los bomberos consiguieron extinguir las llamas. La policía porteña estaba acuartelada porque se esperaba una revuelta, y el intendente se negó a sacarla a la calle.

 
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