Tranvías Yungay y Plaza Ñuñoa. Sin Fecha. Foto: Archivo Fotográfico de Chilectra.
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Historia del transporte público
Santiago en Movimiento (continuación)

 

La llegada de los buses

Años después, en septiembre de 1945, se creó la Empresa de Transportes Colectivos del Estado, ETC. Esta emprendió la modernización del transporte urbano de Santiago, importando otros vehículos, como los buses y los trolebuses. Los viejos tranvías empezaban a batirse en retirada.

En 1946 llegaron al país los primeros buses a bencina y petróleo, de procedencia norteamericana, de las marcas Twinn, White y Reo, y luego los trolebuses marca Brill.

En julio de 1947 circuló experimentalmente el primer trolebus por las calles de la capital. Había cierta preocupación sobre el comportamiento y la maniobrabilidad de estos nuevos vehículos, para setenta pasajeros y de dimensiones desconocidas entonces en las calles santiaguinas. Para hacer este primer viaje se puso al volante el Presidente de la República, Gabriel González Videla, quien condujo sin problemas el "trole" por el recorrido correspondiente a la futura línea 801, que iba desde el Parque Forestal hasta el Puente Recoleta. En octubre de ese mismo año se entregó el servicio a los pasajeros. El primer día, el transporte fue gratis.
Con la introducción de estos nuevos tipos de vehículos, los recorridos de los tranvías se fueron reduciendo hasta desaparecer. El último carro todavía circulaba por la avenida Matta a mediados de los años 50, pero ya era una mole de fierro pesada, lenta, crujiente, como un animal de otras eras que sobrevivía penosamente, resistiendo a su inminente extinción. En estos últimos tiempos del tranvía, el fino cronista y poeta Daniel de la Vega escribió: "Nadie protesta porque los tranvías tardan en pasar. Como ya son los últimos y quedan pocos, se les mira con la consideración que merecen los ancianos que ya no tardarán mucho en morir...".

Y en efecto murieron. En los años 50 llegaron al país los nuevos trolebuses franceses Berliet y los microbuses japoneses Mitsubishi. Se decían que estos últimos estaban hechos con el material del acorazado Almirante Latorre, que se había vendido al Japón como chatarra.
Circulaban también, cada vez con mayor profusión, los descendientes de las góndolas, los microbuses que con el tiempo pasaron a ser conocidos como micros, y otros vehículos, con menor capacidad de transporte de pasajeros, pero con mayor velocidad y facilidad de maniobra, que por estas virtudes pasó a llamarse la "liebre".

Durante muchos años las micros y liebres fueron parte del paisaje urbano. Le dieron color al gris de la ciudad, ya que antes de ponerse amarillas eran de todos colores. No se las conocía por sus números sino por nombres que enunciaban en términos muy generales sus recorridos: Ovalle - Negrete, Colón - El Llano, Estadio Italiano - Las Rejas, Matadero - Palma, Montt - Cerrillos... otras se identificaban sólo con un nombre: Villa El Dorado, o Canal San Carlos.

Finalmente, con la construcción de la primera línea del Metro, entre fines de los años 60 y principios de los 70, se inició una nueva era del transporte urbano, en la que gran parte de los viajes empiezan a hacerse por vías subterráneas o por autopistas donde el paisaje de la ciudad desaparece y sus hitos son reemplazados por la señalética.

 
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