Interior de un carro con su carrocería transformada.
Octubre 2 de 1936. Foto: Archivo Fotográfico de Chilectra.
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El poeta de la mar, Ignacio Balcells.
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La familia Loayza.
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La locomoción colectiva de Santiago a pincipios del siglo XX en el Archivo Fotográfico de Chilectra.

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Historia del transporte público
Santiago en Movimiento

 

Carretas, birlochos, carros de sangre, tranvías eléctricos, buses, trolebuses, micros, liebres y finalmente el Metro han movido a los pasajeros santiaguinos desde los tiempos coloniales.

Por Darío Oses


Plaza de Armas, costado poniente entre Compañía y Catedral. Julio 15 de 1927. Foto: Archivo Fotográfico de Chilectra.
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La extensión de las primeras ciudades del mundo occidental tenían como límite la distancia que un hombre podía caminar en el día. Por lo tanto, no se necesitaba ningún medio de transporte distinto de los pies, salvo para el traslado de cargas. En todo caso, los medios de transporte en la ciudad, no se diferenciaban mucho de los del mundo rural: caballos de montar y de tiro, mulas y bueyes.

Pero el tamaño de las ciudades fue creciendo en la medida en que la mayor parte de la población mundial abandonaba el campo para establecerse en ellas. Entonces apareció el problema del transporte urbano.

Según el economista de Transportes Ian Thompson, "el transporte público urbano se originó en algunas ciudades europeas, en el siglo XVII".

En Santiago, a principios de ese siglo, según Recaredo Santos Tornero, los sectores pudientes de la población se movilizaban en diversos vehículos de tracción animal. La carroza era una especie de cajón, con dos ruedas. Por fuera estaban labrados y llenos de ornamentos, ya que, lo mismo que las fachadas de las casas, destacaban la alcurnia de sus propietarios. Más tarde se introdujo el coche, con dos ejes y cuatro ruedas, y después el birlocho, un vehículo más ligero, con sólo dos asientos y un tiro de dos caballos, el equivalente aproximado de un auto deportivo de hoy.

Hay que imaginar cómo sería transitar en estos vehículos, a saltos por las calles pavimentadas con piedra huevillo, o sin ningún pavimento, por lo que se convertían en tierrales en verano y en barrizales en invierno. Por suerte las distancias eran breves.
 
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