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Junio 2007
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El milagro del Salto del Laja

 

Lo creían loco en Concepción, cuando compró las tierras que rodeaban el Salto del Laja. Pero, tesonero, Máximo Puffe salío adelante con una enorme hacienda, creó la Hostería del Salto del Laja, plantó hectáreas forestales luego de "fabricar" suelo vegetal en esos pedregales, fundó una pionera planta elaboradora de quesos fundidos y, finalmente, transformó el paisaje.

Miguel Laborde


Nacido el año 1873 en esa región germana llamada Sajonia, la que luego quedaría enclaustrada en la Alemania Oriental, Máximo Puffe creció muy cómodamente porque su padre, industrial, esperaba tener en él un digno heredero.

Pero al niño le gustaba la tierra, las plantas, y optó por estudiar agronomía. El padre, sin deprimirse, le pagó estudios que incluyeron posgrados en las universidades de Munich y Bonn y más tarde le regaló una granja para que desarrollara su vocación.

No fue suficiente, el inquieto joven quería conocer el mundo, recorrer tierras lejanas… hacerse la América. Decidido, y a pesar de los temores familiares, se embarcó hacia Chile, con referencias de nuestro cónsul en Munich que tenía familia en Yumbel. Era el continente de las grandes oportunidades, y él quería vivir la suya.

Como muchos, pudo haberse quedado en Argentina, donde varios inmigrantes europeos ya estaban establecidos, pero, aunque trabajó algunos meses en estancias de la pampa, no encontró ahí el gran desafío con el que esperaba medirse a sí mismo, y decidió cruzar la soberbia cordillera para llegar hasta Yumbel, donde los parientes del cónsul, de apellido Uslar.

Corría el año de 1895 y el joven tenía apenas 22 años. Recorriendo la región de los Llanos del Laja, entre los ríos Laja e Itata, secas y desérticas, calurosas en verano y frías y tempestuosas en invierno, recordó ambientes similares de Alemania donde, por el esfuerzo humano, se había logrado crear plantaciones agrícolas a pesar de las pésimas condiciones. En comparación, la zona chilena le pareció más benigna, incluso.

Los vientos del sur, helados y destructores, eran sin embargo un enemigo temible. Cabalgó días y días, masticando la idea, hasta que el espectáculo del Salto del Laja lo decidió: ahí construiría sus sueños, alrededor de esa cascada. Una extensa propiedad de 1600 hectáreas, de una familia latifundista de Concepción, los Larenas, justamente de arenales muy planos, fue su opción. Apenas un rincón tenía una quebrada, base para que la hacienda se llamara, casi humorísticamente, "La Aguada". Una modesta vivienda de adobe, aislada y solitaria, barrida por los inclementes vientos todo el año, era la única huella humana.

 
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