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Nostalgias viñamarinas
La Reñaca de Teresa (continuación)

 

La cacería del zorro

Teresa Hamel hace recuerdos de las fiestas, los circos, las riñas de gallo y las cacerías de la Reñaca rural de entonces. Los chiquillos salían a conejear con sus quiltros, en tanto los señores, emulando a los nobles ingleses, practicaban las zorreaduras, con jaurías "profesionales" y caballos finos, pero con vestimenta de huaso.

La caza del zorro se practicaba en invierno. Los cazadores mandaban con anticipación a sus sirvientes: el perrero y el picador o corneta, y a veces también los caballos.

A estas zorreaduras, solían llegar muchos de los mismos que corrían en vaca: colleras procedentes de Quillota, Casablanca, Graneros, Tabolango, Las Gaviotas, Quintero, Puchicuy, Curacaví y Valparaíso.

La escritora describe una singular fiesta campestre en que se instalaron doce pianos en la cresta de los cerros. Habían sido llevados en carretas de bueyes, junto con los toneles de vino, mientras a lomo de mula se subían las sillas. Al final llegaban los corderos, queso, chicha, ají, arrollados, cabezas de chancho y aves. Los pianos sonaban junto con el arpa y las panderetas que daban lugar al lucimiento de los bailarines de cueca.

Los habitantes de entonces

En la Reñaca de entonces vivían personajes populares que hoy han de encontrarse en vías de extinción, como el administrador de la hacienda, don Pedro Navarro, hombre de gran corpulencia y estatura, con aspecto de cacique, analfabeto, sabio, justo y cordial. Su nombre se conocía y veneraba en todos los campos de la provincia, anota Teresa Hamel.

Singular también era el jardinero, Alfredo Salinas, "El Quisca" al que Teresa evoca como "peón de hojota, corredor a la par de los perros zorreros, bailador de cueca sin fin, tomador hasta perderse, campeón de dominó y back wind del equipo de fútbol reñaquino...".

El balneario con sus luces y discotecas impuso su modernidad sepultando a aquella Reñaca campestre de la que sólo quedan las memorias de un mundo y de un tiempo perdidos. Parte importante de esa memoria es la que rescata el libro Reñaca. Reminiscencia de Teresa Hamel.

 
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