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Marzo 2009
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El diablo en el cuerpo y en el alma de Chile (continuación)

 

El Pacto

El aspecto más terrible del Diablo se manifiesta en los Pactos que hace con los hombres, aunque en éstos casi siempre termina engañado o resulta perdedor.

El pacto ocurre cuando un hombre que está muy ávido o muy necesitado de dinero, recurre al Diablo que actúa como una especie de prestamista. Éste le entrega grandes riquezas, pidiendo a cambio una cédula, firmada con la sangre de las venas del interesado, en la cual el susodicho se compromete a entregarle su alma al cumplirse el plazo estipulado en el mismo documento.

El beneficiario se da la gran vida y cuando ve que el plazo se está venciendo, prepara el único medio para librarse del pacto. Busca a un cura o a algún valiente, que a cambio de una buena recompensa lo “vele” la noche en que el Malulo vendrá a exigirle el cumplimiento del contrato.

La “velación” se realiza por la noche, en un recinto aparatado y solitario. El titular del pacto se acuesta en un ataúd. El velador lo cubre con un paño negro, le enciende velas, lo rodea de amuletos y él mismo se arma de otros amuletos, de un hisopo y de abundante agua bendita.

A medianoche llega el Diablo a exigir el cumplimiento del pacto. La misión del velador es no dejar que el Demonio se acerque al féretro, para lo cual se sirve de oraciones y del agua bendita. Debe soportar, además, los intentos de engaño del Malulo, que puede tomar distintas formas para seducir, sobornar o aterrorizar al velador. Si éste consigue mantenerlo a raya hasta el primer canto matutino del gallo habrá triunfado. Entonces Satán huye, dejando tirada la cédula o devolviéndola entre maldiciones e insultos.

Todo puede arruinarse si el gallo canta a medianoche. Si eso sucede el diablo huye para volver a la noche siguiente. Así, la velación puede postergarse una y otra vez y si en una de esas muere el titular del pacto, se va automáticamente al infierno.

En todo caso, el hombre siempre parece ingeniárselas para estafar a Satanás. Como anota Micaela Navarrete, la tradición cuenta en muchos relatos las formas en que huasos y rotos consiguen burlar al demonio y cómo la mujer, para salvar a su marido, “se disfraza de animal y ahuyenta al Diablo”.

Satán, constructor


En el campo chileno el enriquecimiento rápido solía ser atribuido a un pacto con el Diablo, cuando no a un culebrón, asociado muchas veces con el Demonio, o al hallazgo de algún entierro.

La mentalidad rural tradicional, refractaria a la modernidad solía ver también la intervención del Demonio en toda obra de cierta complejidad o envergadura, como la apertura de un canal, la construcción de un puente de ciertas dimensiones, el desvío de las aguas de un río, la excavación de un túnel o el drenaje y desecación de pantanos.

Así por ejemplo se cuenta que miles de diablos colorados cambiaron el curso del río Chillán. También que el diablo secó la laguna de Tagua Tagua, partiendo la montaña para que la laguna fuera a desaguar en el mar.

La construcción del histórico Puente de Cal y Canto habría sido posible gracias a una especie de pacto y apuesta que el Corregidor Zañartu hizo con el demonio. Si éste conseguía levantar el puente en una noche se llevaba el alma del Corregidor al infierno, en caso contrario, todo lo que consiguiera adelantar quedaría para la ciudad y Zañartu se vería libre de todo compromiso.

El Demonio se puso a trabajar en cuanto oscureció. Gallos de distintos colores iban cantando como para marcar el tiempo que le quedaba. Cuando le faltaba menos de un metro para concluir el puente, cantó el gallo negro y el Diablo tuvo que escapar precipitadamente al infierno. Entonces, el Corregidor victorioso se encargó de terminar la obra.

Esa es la leyenda. La verdad es que el Diablo no intervino en la construcción sino en la demolición del puente, infundiéndoles a los que la ordenaron, la estupidez suficiente como para destruir una de las más hermosas obras arquitectónicas de la ciudad.

Existen varios puentes que se consideraban propiedad del diablo y que era mejor no cruzar después de las doce de la noche, porque su dueño podía estar esperando en la otra punta.

 
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