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Marzo 2009
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El diablo en el cuerpo y en el alma de Chile (continuación)

 

Oraciones y conjuros

En la cultura popular existieron también otras formas de defenderse del demonio: las oraciones y conjuros. Ramón Laval recogió muchos ejemplos que comparó con los de la tradición popular española.

Una larga oración de alabanza, que fue muy rezada en todo Chile hasta fines del siglo XIX, dice: “El Malo está muy enfermo/ y no tiene mejoría, /porque se la está estorbando el rosario de María.

Apunta Laval que esta oración se rezaba en cuanto aparecían las primeras luces del día. Todos los habitantes de la casa se sentaban en sus camas, el más viejo cantaba las estrofas y los otros respondían: “Alabemos al Señor”. La versión que trascribe Laval procede de Cauquenes.

Hay otra extensa oración para agradecer un nuevo día, recopilada en Ovalle. En ésta, después de cada estrofa, el coro repetía: “Ángeles y Serafines/ dicen santo, santo, santo”. Aquí también se encuentra una alusión al mundo del diablo: “El misterio de la cruz/ es un misterio muy alto/ porque con sólo mentarla/ el infierno está temblando”.

Laval recopila una forma de persignarse, de un informante de Cauquenes, que la aprendió de su madre, cuando era niño: “Iba por un caminito,/ me encontré con Jesucristo:/ Jesucristo es mi padre; / Santa María, mi madre./ Los ángeles, mis hermanos, / me tomaron de la mano/ para pasar un puente/ y que el Malo no me tiente/ ni de día, ni de noche,/ ni en la hora de mi muerte”.

Cita asimismo Laval ejemplos de poesía popular que son actos de contrición. El que reza se dirige a Jesucristo al que le dice: “Yo te confieso mis culpas/ que tú sabes cuáles son”. Luego pide perdón por sus pecados, paz en esta vida y salvación en la otra. En algunas estrofas agrega: “y líbrame del infierno/ por tu muerte y tu pasión.

Hay invocaciones en las que se hace desempeñar a la Virgen el papel de redentora. En una oración a la Virgen del Carmen se dice: “Cuida de mí, Virgen santa,/ mientras viva en este sueño,/ y ahuyenta al Ángel Maldito/ en mis últimos momentos. No permitáis, madre mía, /que el Espíritu Perverso/ se apodere de mi alma/ ni posesione mi cuerpo...”.

En las oraciones al ángel de la guarda aparece también la figura del Malo. Una anciana de Renca, que entonces era un pueblito cercano a Santiago le dio esta versión a Laval: “Ángel de la Guardia, /ángel mío muy amao/ bien conocis los engaños/ con qué porfía malicia,/ con qu´er Demonio trabaja/ porque mi arma se condene; / ruegote me defendáis/ de la tirana crueldá / y me alcancis del Señor gracia/ pa no quer en ni una tentación...”.

Una oración a la Virgen, procedente de Villa Alegre, dice: Yo te doy el parabién/ para mayor gloria vuestra/ y rabia de Lucifer...

Otra, recogida en Angostura de Paine declara: “Con Dios me acuesto,/ con Dios me levanto, / con la gracia de la Virgen/ y al Ángel divino,/ pa qu´en l´hora e mi muerte/ me libren del Maligno.

Otra más, recogida en Talca, contra las tentaciones diabólicas dice: “San Antonio bendito,/ lee lo que en mi corazón está escrito, / no te lo doy ni te lo quito, /en tus manos te lo deposito; / cuida que el demonio no me engañe, / y tú y la Virgen a toda hora me acompañen.

Si en la hora de mi muerte/ el Demonio me tentara,/ le diría: no ha lugar; porq´el día e la Santa Cruz/ dije mil veces Jesús”.

Comenta Laval, que por la expresión “no ha lugar”, esta oración podría ser obra de un abogado. Cita luego a Rodríguez Marín, según el cual, en España se reza la siguiente oración: “Anda vete, Satanás, / que de mí no sacas ná:/ que´er día de la Santa Cruz,/ dije mir veces Jesús”.

En algunos juegos los niños usaban ensalmos, así por ejemplo, para impedir que la bolita del rival diera en la suya, recitaban: “Por aquí pasó el Malulo/ con un pellejo en el culo”.

Había conjuros poderosos, contra ladrones, malhechores, brujos y el Diablo. Éste es parte de uno que fue recogido en Cauquenes: “Salga el mal y entre el bien/ como la Virgen entró/ a la casa de Jerusalén”.

Por sobre todos los conjuros, ensalmos y oraciones, están las llamadas “doce palabras redobladas”, a las que Laval considera “el sumum de la virtud y del poder” contra toda clase de peligros y males y “conjuro irresistible contra todas las potestades infernales y ante el cual se rinde hasta el mismo Diablo mayor”.

La forma de estas “doce palabras” es: “Amigo dígame una” y sigue un ejemplo de la cifra que corresponda, vinculada con personajes o situaciones celestiales: “la una que es una, la Virgen pura...”. Continúa con “Amigo dígame dos. Las dos tablas de la ley de Moisés”. Después vienen cifras como “Las tres Marías”, “Los cuatro evangelistas”, “las cinco llagas de Cristo”, “las seis candelas”, “los siete sacramentos” y así, hasta llegar a doce.

Laval incluye en su libro una versión paródica y profana de las doce palabras redobladas, que obtuvo de Micaela Rosales, de Renca. Se titula: “Insultos al Malo de las doce palabras redobladas”. Esta parodia dice cosas como: “Amigo dígame siete. Seis putas y un alcahuete”; “Amigo dígame nueve. Ocho vasos y el que bebe”; “Amigo dígame diez. Los deditos de mis pies”, y termina diciendo: “Amigo dígame doce. Por mi boca salen estas voces: (...) Si el Diablo se me presenta/ pongo la defensa aquí/ diciendo, por la señal,/ de la frente a la nariz”.

En esta parodia parece recobrarse el carácter festivo y carnavalesco de la cultura popular.

 
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