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· Pepita Turina.

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Patagonia, historia e imaginación (continuación)

 

Calfate

Quiero focalizar esta nota en dos autores que tienen obras recientes, y que miran la región desde perspectivas muy distintas.

Enrique Valdés, escritor y músico, es autor de una serie de libros sobre la Patagonia, como Ventana al Sur, Trapananda y su novela más reciente: Calafate, un friso histórico sobre Aisén, tan ambicioso como bien logrado.

Calafate no es sólo una novela histórica, sino también antropológica y mítica. Uno de sus motivos centrales es el de la peregrinación hacia la tierra prometida, en tiempos que se mezclan y entrecruzan. Hay un tiempo que es el de Katwol, un personaje kaweskar que parece salido del libro de Joseph Emperaire, Los Nómades del mar. Este nomadismo remite a la historia de América, puesto que sus primeros habitantes ejecutaron una larga travesía a través del Estrecho de Bhering y recorrieron todo el continente hasta llegar al fin de la tierra. O tal vez emigraron por la inmensa extensión del Pacífico, saltando de una isla en otra, hasta llegar al continente. Katwol es descendiente de aquellas etnias viajeras que atravesaron el planeta en el sentido de los paralelos o en el de los meridianos. Katwol se empecinó en la búsqueda de la Tierra Prometida. Pero al igual que Moisés, sólo alcanzó a divisarla.

Katwol muere, en tanto su familia se dispersa en este espacio enorme e inhóspito. Muchos son tragados por el mar. Dice el autor: "Katwol y su familia lograron sustraerse al desaparecimiento definitivo de su estirpe por más de cien años. Pero no era posible. Más temprano que tarde debió ocurrir lo prescrito. Por más de diez mil años habían sobrevivido en uno de los parajes más inhóspitos y desolados del planeta. Semidesnudos, cubiertos apenas por un pedazo de piel de foca, desafiaron las tempestades del mar y de la tierra. Conocieron los mil y un vericuetos de los canales australes, cruzándolos en pequeñas embarcaciones, tan livianas como la cáscara de una nuez. Por milenios fueron dueños de un territorio que no les daba nada, sino desafíos constantes, necesidades y peligros por donde quiera que fueran en busca de abrigo o comida". Pero bastarían "sólo trescientos años de conquista europea, para que el desaparecimiento de toda una raza se hiciera total y no quedara de ella ni un sobreviviente para contarnos su historia y decirnos adiós".
 
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