Cartagena hacia 1930. Foto: Archivo Fotográfico Universidad de Chile.
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Febrero de 2008

Vacaciones de antaño

Otros veranos y otros viajes

 

Los aeropuertos están  repletos, de los rodoviarios salen buses y más buses, y las anchas carreteras del nuevo Chile apenas pueden contener a los vehículos de los veraneantes.

Por Darío Oses


En los años 50 y 60 cuando alguien viajaba, iba toda la familia a despedirlo al aeropuerto o a la estación, y lo hacían con derroche de lágrimas. Volvían al aeropuerto a esperar su regreso, con más lágrimas y aunque el vuelo llegara a las 5 de la mañana. Es que el viaje aún tenía algo de odisea, de visita a lugares remotos. Las comunicaciones telefónicas eran caras y difíciles. No había celulares ni correos electrónicos, de modo que el viajero estaba verdaderamente ausente y se lo echaba de menos.


Veraneantes en Cartagena, hacia 1920.
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Regalitos y encargos

De ese tiempo han quedado algunas costumbres, ya anacrónicas. Por ejemplo, la de enviar tarjetas postales. Tenía algún sentido hacerlo cuando el mundo era desconocido. Pero ahora las imágenes de todos los rincones del planeta pueden trajinarse en Internet o en los programas de viajes de la televisión por cable.

También sobrevive el hábito de traer, cada vez que se viaja, algún recuerdo a cuanto pariente, conocido a compañero de trabajo se tenga. Un tormento permanente tanto del viajero de antaño como del de hoy, es: ¿Qué le llevo a fulanito, sutanita y perengano? Claro que ahora todo puede resolverse a última hora en el Duty Shop.

Mucho peor que el regalo eran los encargos. Al pobre tipo que tenía la mala idea de anunciar ufano que iba de viaje, los amigos y parientes y los amigos de los amigos, los parientes de los amigos y los amigos de los parientes le hacían algún encargo que iba desde un remedio hasta una botella de wiski o un perfume. Los más considerados entregaban los dólares que el encarguito podía costar, pero la mayoría se conformaban con un incierto “después arreglamos” que probablemente nunca se concretara.

Puertos libres

Pero los viajeros también cometían abusos. En esos años había un turismo de compras a las ciudades que eran “puertos libres”, principalmente Arica y Punta Arenas. Allá se vendían hasta en las ferias todas esas codiciadas mercaderías importadas que no llegaban a Chile. Procedían principalmente de los Estados Unidos y Europa, porque la producción asiática aún no había saturado los mercados del mundo.

Recuerdo que unas amigas de mi mamá anunciaron un viaje a Arica, allá por 1957. Mis padres les encargaron lo que yo más quería: una proyectora de películas de 8 mm. En los años 50, cuando no había televisión, una proyectora era un tesoro que además de entretenerte podía darte un tremendo prestigio entre tus amigos. Las viajeras recibieron el dinero, pero al llegar a Arica fueron tantas las tentaciones de ropa, de medias nylon –que eran la gran novedad de entonces-, de perfumes y menaje, que se gastaron la plata de la proyectora. Como premio de consuelo me trajeron unos chicles americanos, rellenos con alguna porquería mentolada.  Desde entonces perdí la fe en la especie humana.

Más allá de la utilidad que tuviera la pacotilla importada que te trajeran, tenerla te daba un aura de excepcionalidad. La posesión de aquel objeto te conectaba con esos mundos tan distantes de nuestro país, entonces provinciano y aislado.

Tanto el recuerdo de viaje como el encargo son prácticas propias de los tiempos en que habían rigurosas aduanas que no dejaban pasar ningún producto importado. Y aunque hoy las mercaderías importadas son más numerosas que las nacionales, y todo puede encontrarse en el mall de la esquina, sobrevive la expectativa de que todo el que viaje te traiga algo.

 

 
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