El mundial del '62
se divisa como un
paraíso perdido.
En cuarenta años
todo cambió:
el mundo, el fútbol,
y la posición
de Chile en el mundo
del fútbol.
Derrotas reiteradas
y sucesos luctuosos,
como la bengala del
Maracaná en
las eliminatorias
para el mundial de
Italia 90, nos han
venido marginando
de los epicentros
del balompié.
Por eso no podemos
dejar de mirar con
nostalgia ese mundial
que fue nuestro, y
que recuperamos en
los sueños
y el recuerdo de las
imágenes en
blanco y negro de
una precaria televisión
naciente, y en las
fotos de las revistas
Estadio y Gol y gol.
Por Darío Oses
Entonces no había
equipos chinos, japoneses
ni coreanos. No despertaban
aún los tigres
del Pacífico
que ahora vemos en
pantallas gigantes,
con una definición
frente a la cual,
la incipiente televisión
universitaria chilena
del '62 sólo
parecía mostrarnos
desvaídos espectros.
Hemos visto medio
dormidos este extraño
mundial. A ratos los
coreanos parecen las
figuras de un juego
electrónico.
Es posible que después
de estos partidos
que se transmiten
por la madrugada desde
remotos estadios orientales,
las familias trasnochadas
conversen frente al
amanecer y al desayuno,
y los padres y abuelos
recuerden que la VII
Copa Jules Rimet,
la de 1962, se jugó
en Chile, tanto en
Santiago como en Arica,
Viña del Mar
y Rancagua.