Inés Echeverría Bello, Iris.
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Mujeres nortinas.
Elvira Santa Cruz
La familia Loayza.
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Testimonios de tres inconformistas
Memorias de mujeres (continuación)

 

El encanto de ser mujer

En su diario Iris constata su aislamiento y soledad: "En la torre de mi templo interior estoy enteramente solitaria. Nadie sube conmigo a contemplar el panorama, a penar, confiar o esperar. Mi familia ha bajado al sótano y se ha confinado en la sombra helada... Yo no tengo a nadie. Mi clase social me tiene en el índice como desertora y traidora. Mis hijas no me comprenden. Creen que yo las he dañado socialmente. Mi marido se siente vejado por mis ideas. Mi libertad de pensamiento lo afrenta".

En diversas páginas, junto con relatar los sucesos de la política del año 1925, el regreso de Arturo Alessandri y la formación de la Asamblea Constituyente, Iris da cuenta de su propia lucha por ser lo que quiere ser. Cuando Julio Vicuña le pregunta por su formación, ella comenta que le sería más fácil responder cómo se deformó. "Mi falta de instrucción, de la más elemental, me ha estorbado mucho" -anota, y agrega que en la áspera lucha de cada día, no ha perdido su fe ni el entusiasmo juvenil, ni mucho menos el amor a la vida.

Sin embargo, algunas páginas más adelante manifiesta su rabia por la torpeza de la gente de creerla libre: "... si miden mi libertad por lo que hago, da una especie de ilusión; pero si se compara con lo que he dejado de hacer en mi vida, soy una miserable esclava".

Al comentar su lectura del episodio de los amores de Odette y Swan, en La búsqueda del tiempo perdido, Iris apunta: "Hace falta sentir el encanto de ser mujer, el apoderarse de la potencia de dominación que reside en nuestro sexo". Comenta luego el misterio de Swan, un intelectual refinado, un hombre superior, que cae en manos de una mujerzuela vulgar que lo vampiriza.

Entre la plebe y la aristocracia

Iris se preocupó de los problemas sociales. En su diario se muestra impresionada por el cuadro que las minas de Coronel que le hizo García Oldini: "no existía hasta hace poco la ley de accidentes del trabajo, y al llegar al lugar se presenta un cuadro dantesco de los estropeados, ojos secos, piernas y brazos de menos, una humanidad alcoholizada, envilecida, lujuriosa... en covachas infames, sin sentimientos humanos, sepultados en las faenas con tareas de doce horas sin ver a luz del día".

Al día siguiente escribe que mientras contemplemos con indiferencia el dolor humano no seremos cristianos y mientras no seamos cristianos, no habremos alcanzado la primera etapa de la evolución. Y en otra página confiesa: "Abomino de la ordinariez, la incultura y la grosería, pero entre la plebe desgraciada y la aristocracia del dinero corrompida mi corazón se inclina a los que sufren".
 
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