Inés Echeverría Bello, Iris.
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Mujeres nortinas.
Elvira Santa Cruz
La familia Loayza.
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Testimonios de tres inconformistas
Memorias de mujeres (continuación)

 

Entre el dulce de membrillo y la mermelada de alcayota

Inés Echeverría Bello, Iris se instala en la historia desde la primera página de su diario: "Soy yo misma un alma que resume ese cambio radical entre dos siglos, los dos siglos de mayor y más trascendental transición que registra el planeta".

Iris nació nieta por carencia de madre, como ella misma dice, el 22 de diciembre de 1868, en cuna de oro. Tuvo una infancia regalada, aunque todavía con "clausura monjil en las costumbres".

En Requinoa su abuelo la llevaba al escritorio para enseñarle historia sagrada y catecismo. Experimentó la religión como enemiga de su feminidad, belleza y gracia: "Me hice escrupulosa. Todo se me volvía pecado. No hablaba de miedo de mentir, no gastaba mis naturales ironías de temor a faltar a la caridad". Todo eso puso en su mente "una densa niebla de escrúpulos que se me secó la imaginación, se me anemió la inteligencia y el falso sentido de la pureza me paralizó hasta los movimientos".

Iris investigó en sus propios orígenes. Creía haber sido engendrada en Ocoa, durante la luna de miel de sus padres. Pero después se enteró de que su procreación fue gatillada por una discusión familiar. Hubo un disgusto serio entre su abuelo paterno y el hijo mayor de éste, el tío Leoncio. Intervino el padre de Iris, a favor de su hermano, con lo que se sumó al disgusto. "En ese momento -relata la escritora- mamá trató de consolar a papá y se produjo mi venida al mundo". Y agrega: "Nací sensible, tierna y propensa a las lágrimas, con se sentimiento de justicia que la edad aguza y me vuelve tan sensible al amor como dura al delito".

Iris fue una rebelde. Se empeñó en ser escritora cuando ese oficio era eminentemente masculino. No se dejó amarrar por las convenciones ni aceptó el papel que las normas sociales le prescribían.

Su amigo Hernán Díaz Arrieta, Alone, describe las batallas de Inés Echeverría contra "las nobles damas erguidas y desconfiadas... en cuya conversación se mezclan los consejos del padre censor y la manera de fabricar el dulce de membrillo".

Iris alegaba que los hombres tenían sus propias expansiones: los clubes, los tragos, la política. Las mujeres, en cambio, una vez cumplida la misión de la maternidad, se arrellenaban "a esperar la vejez y el santo advenimiento de la muerte, sin atreverse a pensar en nada, ni a desear o mirar algo que no sean los filamentos dorados del dulce de alcayota".

Gran admiradora de Mistral, Iris la describe como "cordillera andina hecha carne de mujer". Relata la ocasión en que alguien le preguntó a la poeta por el feminismo. Ella respondió que es algo viejo: "Yo lo vi nacer en mi tierra de Coquimbo, cuando era pequeña. En la vecindad de mi casa, tres solteronas cultivaban la tierra, araban, sembraban para darle de comer y dejar en reposo al único varón gandul y borracho". Acota Iris que Gabriela vio nacer el feminismo en ese proceso en que la mujer crecía por disminución del hombre".
 
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