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Historia de las kaweskar o alacalufes
Los nómades trágicos (continuación)

 

Los "civilizadores"

Hubo intentos por radicar a los indígenas en un lugar, como en la misión que instalaron los salesianos de Punta Arenas en isla Dawson. Pero no dio resultados. La misión se deshizo y los indígenas volvieron a dispersarse.

Hacia 1940 un niño kawesqar de unos diez años, que era muy despierto, fue enviado a una de las escuelas de especialidades de la Fuerza Aérea. La idea era la misma que tuvo el capitán de la marina británica Robert Fitz-Roy, cuando en 1830, en la expedición hidrográfica que descubrió el Canal de Beagle, llevó a Londres a un grupo mixto de cuatro muchachos fueguinos, con la intención de devolverlos después a su tierra para que la civilizaran.

Se pretendía esta vez "civilizar" al joven bautizado como Lautaro Edén Wellington, que había sido apadrinado por el Presidente de la República, para que regresara a convertirse en jefe de su comunidad y cambiara la vida de ésta.

En 1947, Lautaro regresó a Puerto Edén con un permiso de un mes. Era suboficial mecánico de aviación, vestía el uniforme de su arma y hablaba correctamente el castellano. Al llegar se negó a reconocer a sus propios padres y mostraba aversión por los alacalufes que en cambio mostraban una admiración total por este nuevo jefe.

En esta primera estada Lautaro realizó un estéril trabajo de civilización. Les enseñó a los hombres a formarse, a saludar al jefe en voz alta y al unísono, y las posiciones y giros militares básicos. Luego los hacía marchar con las palas al hombro y realizar una labor tan absurda como inútil, que consistía en echar paladas de barro al mar.

Lautaro estuvo dos años más en Santiago donde se casó con una enfermera. En 1949 volvió a Puerto Edén sin su mujer, para trabajar como radioperador de la estación que debería dirigir más tarde. Luego de cumplir por un tiempo normalmente esta tarea, un día desapareció. Adoptó el nombre de Terwa Koyo, que significa brazo tieso, y se fue en una canoa con una mujer kawesqar. Los indígenas fueron uniéndose a él poco a poco y formaron una nueva comunidad dedicada a la caza de animales de pieles finas. Lautaro ejercía su jefatura en forma bastante arbitraria y aun abusiva. Tuvo dos mujeres permanentes y ocasionalmente se adjudicaba a las jóvenes del grupo. Se quedaba con la mayor parte de las ganancias, que no eran muchas. A pesar de eso, Emperaire señala que "para los alacalufes, esos tres años fueron un período de euforia: libertad de acción reconquistada, retorno a la vida nómade, posibildad de frecuentar sin restricción a los loberos, siempre listos para suministrarles vino o alcohol a cambio de mujeres o de pieles...".

Pero todo esto terminó a comienzos de 1953, cuando Lautaro se ahogó junto con sus dos mujeres en el estuario del fiordo Baker. Los kawesqar fueron entonces regresando lentamente a Puerto Edén, donde aún les distribuían provisiones, y volvieron a abandonarse a la inactividad y la miseria.

En el libro Los nómades del mar Emperaire rescató la vida, el mundo, las relaciones humanas y las creencias de esta mínima fracción de la humanidad, antes de que se perdiera para siempre.

 
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