Choza kawesqar, hacia 1945 en el libro Los nómades del mar de Joseph Emperaire.
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Chile un largo álbum fotográfico.
Tras la pista de Julio Bertrand
La familia Loayza.
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- Sitio sobre los kaweskar de la Universidad de Chile.

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Historia de las kawesqar o alacalufes
Los nómades trágicos (continuación)

 

El exterminio

Sin embargo hubo un tiempo en que, entre todas las etnias del extremo sur de América, los alacalufes fueron los que ocuparon el territorio más extenso, dispersándose por los archipiélagos de la Patagonia Occidental, desde el Golfo de Penas hasta el Estrecho de Magallanes. Emperaire anota que "sólo el ambiente marino les resulta acogedor. Las inmensas extensiones desnudas de la Pampa que encuentran al término de sus viajes hacia el Este los inquietan o rechazan. Sus relaciones con los pueblos de esas regiones, onas y tehuelches, se limitaban en otro tiempo a trueques o batallas".

Aún cuando no hay datos confiables, Emperaire estima que el número de los alacalufes podría haber llegado a cerca de dos mil hacia fines del siglo XIX.

A partir de 1880 los alacalufes comenzaron a tener contactos mucho más frecuentes con el "hombre blanco" y esto fue catastrófico para ellos. Primero se relacionaron con los loberos chilotes que los iniciaron en el consumo del alcohol y el tabaco y les cambiaban sus pieles de nutria y de coipo por ponchos y frazadas de lana, de un valor mucho menor. Los tejidos, por no ser impermeables, no eran convenientes para el medio húmedo y lluvioso en que los alacalufes vivían. Pero además lo loberos, no sólo los chilotes, solían raptar mujeres y muchachos, estos últimos para hacerlos marineros. Los indios, por su parte, tenían cierta propensión a robar herramientas, velas, armas o chalupas. Si los descubrían y capturaban "se producía una terrible masacre sin que pudieran distinguirse inocentes y culpables." Así fueron exterminadas familias enteras, incluyendo a niños de meses".

Emperaire anota que hacía unos diez años atrás, es decir por 1936 ó 1937, un indígena robó la chalupa de un lobero chilote. Éste lo alcanzó cerca del faro San Pedro y lo mató, junto a su hijo mayor, a tiros de fusil. Luego ultimó a hachazos a dos menores, uno de los cuales era un recién nacido. Agrega el antropólogo que al parecer, a comienzos del siglo XX, había hombres blancos que les disparaban a los indios sólo como una forma de entretención.

A las muertes por violencia se sumaron las ocasionadas por accidentes y por enfermedades. La partida de integrantes de la comunidad, que emigraron a las ciudades cercanas tienen, para el grupo, el mismo efecto de la muerte: "Para la lengua, la cultura y aun la raza alacalufe, esos individuos están definitivamente perdidos. Ya no volverán jamás a los canales y sus hijos, si los tienen, se fundirán con las masas populares de Chiloé, de Punta Arenas o de Puerto Natales".

Todos estos factores diezmaron a la población y los sobrevivientes que permanecieron en el grupo fueron cayendo en el desaliento y la resignación, en la sensación de que su modo de vida era inferior al de los blancos, al que con suerte podrían adaptarse. Sin embargo los mayores, los que alcanzaron a conocer la antigua forma de vida en los archipiélagos en toda su plenitud, resistían esta seducción.

 
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