José Manuel Balmaceda, 1840-1891.
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Historias de caudillos y líderes
Héroes trágicos (continuación)

 

Auge y caída

José Manuel Balmaceda es el héroe trágico clásico. Lo tenía todo para triunfar. Asumió la Presidencia con el más amplio apoyo político. Como lo indica Joaquín Edwards Bello, llegó al poder en el cenit del progreso chileno. "Heredó una caja saneada y un crédito nunca visto hasta entonces... El renombre de Chile era magnífico. Los demás Estados iberoamericanos imitaban nuestras instituciones o mandaban ciudadanos jóvenes para que recibieran educación en nuestros establecimientos públicos". Las arcas fiscales estaban repletas por los ingresos del salitre. Es difícil encontrar otra época de mayor prosperidad y optimismo en el país.

Balmaceda fue un Presidente progresista. Impulsó la educación, la construcción de escuelas y las obras públicas. Se afirma que su perdición fue haber tocado los intereses del imperialismo inglés. Pero en cambio contó con el apoyo de los Estados Unidos. Fue el destino el que jugó en su contra. Aunque era un político hábil, terminó aislado, aborrecido por la aristocracia, y con el Congreso en contra. Cuando éste no le aprobó la ley de presupuesto, Balmaceda hizo valer la del año anterior, y eso precipitó la rebelión de la Escuadra y la revolución.

Cuando esto sucede, en enero de 1891, faltaba menos de un año para que concluyera su período presidencial, el 18 de septiembre. Y Balmaceda seguía teniendo casi todo para aplastar la sublevación. El Ejército histórico, el que había vencido en la Guerra del Pacífico, con generales veteranos, como Alcérreca y Barbosa, cerró filas en apoyo del Presidente. Entretanto, en las provincias del Norte se armaba apresuradamente el ejército congresista. Las torpederas leales a Balmaceda hundieron a una de las mejores unidades de la Escuadra sublevada, el acorazado Blanco Encalada. En Europa, estaba por concluirse la construcción de dos modernos blindados, el Presidente Errázuriz y el Presidente Pinto, que de haber alcanzado a sumarse a las fuerzas balmacedistas les habrían dado un poder naval al menos equivalente al de la escuadra rebelde.

El ejército congresista debía expedicionar hacia el centro del país. Tenía la ventaja de poder elegir el punto en que atacaría. Pero una vez detectado su lugar de desembarque, Balmaceda disponía de un eficaz sistema de transporte ferroviario para concentrar sus fuerzas y oponerlas a sus atacantes.

En la batalla de Concón, las fuerzas del Congreso tenían una desventaja importante: debían atravesar un obstáculo natural considerable, el río Aconcagua, en pleno invierno, defendido en el otro margen por el Ejército leal. Sin embargo éste perdió la batalla. Se dice que el general Barbosa menospreció al enemigo, que nunca creyó que un ejército improvisado en pocos meses tuviera ninguna opción de derrotar al suyo. Es cierto también que el bando congresista contaba con el armamento más moderno, recién comprado en Europa y con las innovaciones tácticas que había introducido el general prusiano Emilio Körner. Pero también, y en contraste con el optimismo de Barbosa, la moral del bando balmacedista era inexplicablemente baja, y después de esa primera derrota decayó aún más.

Después de la derrota de Concón, el Presidente Balmaceda quiso ponerse en la primera fila para alentar a las tropas que aún le quedaban. Partió en tren hacia Valparaíso. Un novelista escribió que aquel viaje sólo sirvió "para aproximar al Presidente hacia la muerte esparcida sobre el campo de batalla, a los hombres desnudos a los que los ladrones de muertos habían despojado de uniformes, botas, correas y armas, y a los caballos destripados en torno a los cuales deambulaban los perros hambrientos y las moscas".

En Quilpué, los hombres de la escolta presidencial entraron en la desierta oficina del telégrafo: el encargado había huido y las comunicaciones con Valparaíso estaban rotas. Al poco rato llegó el comandante de infantería, que había ido a reconocer el terreno. Venía alarmado: el enemigo estaba poco más allá, en el Puente de las Cucharas. El convoy presidencial retrocedió apresuradamente hasta Quillota. Allí pasó la noche Balmaceda, en el sencillo dormitorio que le cedió el jefe de Estación. Al día siguiente regresó a la ciudad de Santiago desolada y silenciosa. Había fracasado en ese intento que era tal vez el de encontrar una muerte heroica, luchando al frente de sus tropas.

El general Orozimbo Barbosa comandó, en la batalla de Placilla, a un ejército desmoralizado y drenado por las deserciones. Él mismo, junto con Alcérreca, encontró la muerte en esa acción.

Balmaceda almorzaba en La Moneda. Ese día se celebraba el cumpleaños de su esposa, Emilia. Recibió el telegrama en que le comunicaban la derrota total de sus fuerzas. Lo guardó discretamente en el bolsillo, sin decir una palabra. Sólo cuando terminó el almuerzo tomó las disposiciones para que su familia fuera a asilarse a la embajada de los Estados Unidos, y él mismo partió a la de Argentina. Antes, le entregó el mando al general Baquedano, que había permanecido neutral en la guerra civil.

 
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