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Gabriela Mistral y Pablo Neruda
El encuentro de dos lectores (continuación)

 

En otra parte de sus Memorias, el poeta apunta: "Mientras tanto avanzaba en el mundo del conocimiento, en el desordenado río de los libros como un navegante solitario. Mi avidez de lectura no descansaba de día ni de noche".

Luego le ocurre lo mismo que a Gabriela: encuentra a un cómplice que le facilita libros. Esto sucede en Puerto Saavedra, donde pasaba sus vacaciones de verano. Allí había una biblioteca municipal que todavía existe. La atendía un viejo poeta, Augusto Winter, que le entregaba libros y más libros al joven Neruda, cada vez más admirado de su voracidad literaria. "¿Ya los leyó?" le preguntaba pasándole volúmenes de Vargas Vila, de Ibsen o un Rocambole. "Como un avestruz, yo tragaba sin discriminar" - recuerda el propio Neruda (1).

Aquella biblioteca, chiquita y atiborrada de Vernes y Salgaris, con una estufa de aserrín en el centro, era el refugio donde el poeta se instalaba durante sus vacaciones, como si lo hubieran condenado a leer "en tres meses de verano todos los libros que se escribieron en los largos inviernos del mundo" (2).


Naturaleza y lectura

Así como la joven Gabriela buscó refugio en la naturaleza y la lectura, el joven Neruda practicó la lectura en la naturaleza, lo que ayudaba a su aislamiento e intimidad de lector. Confiesa en sus memorias que leyó Juan Cristóbal, la extensa novela río de Romain Rolland, en Carahue, "en un esbelto y largo bote abandonado de no se qué naufragio". En una conferencia que pronuncia en 1962, recordó también su lectura de un libro de poemas, Las montañas ardientes, de Daniel de la Vega, "bajo la olorosa enramada": "Un estero ancho golpeaba las grandes piedras redondas en las que me senté para leer. Subían enmarañados los laureles poderosos y los coigües ensortijados. Todo era aroma verde y agua secreta. En aquel sitio, en plena profundidad de la naturaleza, aquella poesía cristalina corría centelleando con las aguas" (3).

Lecturas "a tontas y a locas", libros que se tragaban sin discriminar: fue así como los dos poetas mayores de Chile descubrieron los inmensos territorios imaginarios que podían abrirse desde una pequeña biblioteca de provincia, en la intimidad del dormitorio, o en la soledad de algún paraje agreste.

Ambos contaron con cómplices - Bernardo Ossandón, en el caso de Gabriela; Augusto Winter, en el de Neruda -, que les abrieron el camino hacia "la pequeña fiesta clandestina de la lectura", sin intentar poner ningún orden, programa ni control.

Estos dos jóvenes lectores, que llegarían a obtener el Premio Nobel de Literatura, se iniciaron en la lectura por el puro placer de leer, convocando a los fantasmas sugeridos por el texto, una en el norte seco junto al mar y los olivos, el otro en el sur lluvioso, separados también por un trecho considerable de tiempo, pero unidos por este acto de libertad y de placer.
 
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