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Los estudiantes entran en la historia (continuación)

 

Una guerra de mentira

Aunque la Fech tuvo esta actuación en el caso de la intromisión del internuncio en el litigio de Tacna y Arica, ocho años después se la acusaría de estar vendida al "oro peruano".

Sucedió en la jornada electoral de 1920, cuando la candidatura de Arturo Alessandri Palma, el León de Tarapacá, alcanzó un apoyo popular jamás visto hasta entonces. La elección terminó en lo que ahora se denominaría un "empate técnico". Los sectores conservadores consideraban a Alessandri una especie de Lenin chileno. Para distraer la atención pública y sacar de Santiago a las guarniciones militares que parecían proclives a Alessandri, el ministro de guerra, Ladislao Errázuriz, aprovechó algunas informaciones recibidas desde el norte y movilizó al ejército y a los reservistas, hacia la frontera con Perú y Bolivia.

Fue la denominada "guerra de don Ladislao". En Santiago se generó una enorme efervescencia patriótica, con despedidas y vítores a las tropas que partían al norte.

Los que se negaron a participar en esta fiebre patriótica prefabricada, fueron calificados de antipatriotas y se inició una "cacería de brujas" de anarquistas y supuestos agentes de los intereses del Perú en Chile.

La Federación de Estudiantes de Chile, que se negó a acatar la movilización militar, alegando que era una maniobra política, fue una de las víctimas. Su local de la calle Ahumada fue bárbaramente saqueado por las turbas enardecidas de patriotismo. La magnífica biblioteca de la Federación fue arrojada a la calle donde se encendieron grandes hogueras para incinerar los libros. Como prueba de la sumisión de los estudiantes al Perú, los saqueadores exhibieron un retrato del presidente Leguía que encontraron en el local. Su ignorancia les impidió darse cuenta de que ese retrato, en realidad era del destacado intelectual chileno Valentín Letelier, quien acuñó la famosa frase "Gobernar es educar", que posteriormente haría suya el presidente Pedro Aguirre Cerda.

Aún con muchos estudiantes encarcelados y con la directiva de la Federación en la clandestinidad, se decidió hacer la tradicional Fiesta de la Primavera. La policía presumía que el presidente de los estudiantes, Santiago Labarca concurriría a la celebración. Desde luego iría disfrazado, porque se trataba de un baile de disfraces, aunque como era cojo pensaban que sería fácil identificarlo. Pero había instrucciones de que todos los asistentes llegaran fingiendo una cojera, así es que después de detener a varios cojos falsos, los policías se dieron por vencidos.

 
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