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Cultura tradicional campesina
Un imaginario paraíso perdido

 

Existe una tensión interesante entre el Chile moderno y urbano de hoy con sus orígenes rurales. La autoestima nacional se afirma actualmente en el éxito del país para acceder a la modernidad. Pero permanece siempre latente la nostalgia rural.

Por Darío Oses

En septiembre Chile recobra al menos algunas de sus tradiciones campesinas, principalmente las culinarias. El énfasis de las fiestas patrias está puesto en las empanadas, el vino y el asado, lo que no deja de ser importante, en un país cada vez más invadido por las cocinas de todo el mundo, por restaurantes y platos exóticos. Se recupera también la música, y en las programaciones radiales y televisivas la cueca y las tonadas tienen una presencia mucho mayor que en otras épocas del año en las que casi desaparecen.


El cuesco de Chile

Hay, además, una apelación a los emblemas de la chilenidad. Casi todos ellos proceden de la cultura popular campesina del Valle Central. Y aunque sea sólo como decorado, se lucen los símbolos de un Chile rural ya casi desaparecido. Los supermercados y centros comerciales se adornan con fardos de pasto, tinajas y ruedas de carreta, y en su música ambiental incluyen tonadas que hablan de un país bucólico, con sauces, carretas de bueyes, esteros y vides.

La invocación de todos esos emblemas tiene sentido porque en el Valle Central se formó la nación. A fines del siglo XVI, después de la victoria de Curalaba, los mapuches destruyen todas las ciudades al sur del Bío Bío. Los españoles se repliegan entonces a la zona central. En las grandes propiedades rurales: encomiendas, concesiones de tierras y haciendas se forma el pueblo chileno con su cultura propia, que tiene ricas manifestaciones en la literatura oral, la religiosidad, la arquitectura, la artesanía, la música, la indumentaria, las comidas, los juegos y las fiestas populares.

Esta cultura campesina se consolida a lo largo de los siglos XVII y XVIII y conserva su vitalidad en el XIX. Las élites ilustradas republicanas, o no la ven o la desprecian. La consideran más bien como parte de un legado de oscuridad, de superstición y atraso que era necesario superar. Para estas élites, los paradigmas culturales se encontraban en Europa, principalmente en Francia cuando se trataba de ciencia y literatura, y en Italia, en materia de plástica y música. Si se ocupaban de lo autóctono era sólo ocasionalmente y con una sensibilidad teñida por el romanticismo europeo. Para la aristocracia gobernante, Chile debía aspirar a convertirse en un país modelado por los paradigmas de la modernidad de Occidente.

De modo que la más rica sustancia cultural de la nación permanece invisible por varias décadas. Sólo cuando aparece en la escena social la clase media, y cuando la actividad cultural se profesionaliza, en instituciones como la Universidad de Chile, el país empieza a descubrir este rico patrimonio con el que construye una identidad mirando hacia sus propias honduras.
 
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