Pablo de Rokha

 

José Miguel Varas

 

+ Chile Crónico
El poeta de la mar, Ignacio Balcells.
Cavancha
La familia Loayza.
Ver Más
 
Te recomendamos
- El nacimiento de la familia. Por Darío Oses.

Comunidad Activa
Sugerir Temas
Sugerir Agenda
Sugerir Link
Chile Crónico
Inicio/Chile Crónico...
 
1 / 2 / 3 / 4 / 5 /
Comidas y comilonas
El jugo gástrico de Chile

 

Por Darío Oses

El comer es parte de la forma en que el chileno se relaciona con el mundo. Nuestra sociedad en sus orígenes fue rural y luego minera. Lo que la tierra producía no sólo era para ensacar, vender y exportar. También estaba ahí para ser devorado.

En las culturas populares el banquete era una forma de apropiarse del mundo, absorbiéndolo. El festejo, el festín, la comida abundante remitían a utopías que permanecieron durante mucho tiempo en el imaginario colectivo, como la de la tierra de Jauja, donde los árboles estaban cargados de jamones, donde llovía vino y corrían ríos de leche. En ésta y en otras versiones populares del paraíso, el hombre vivía en la abundancia ilimitada y en la fraternidad total.

La comida era también una de las principales gratificaciones que se daba el trabajador. Con el trabajo el hombre derrotaba al mundo y con la comida, lo devoraba. En las labores mineras el hombre tenía algo de guerrero: provisto de cascos, taladros y explosivos se enfrentaba a la tierra. Después de vencerla, comía. Así por ejemplo, en su novela La reina Isabel cantaba rancheras, Hernán Rivera Letelier describe la abundancia de las comidas que engullían los pampinos en la época de oro de las salitreras. Las cazuelas, los porotos y todos los comestibles que se producían en la feracidad del valle central, viajaban hacia el árido desierto nortino para reproducir, al menos durante las horas de las comidas, la leyenda de la tierra de la abundancia.


La mesa del poeta

Nuestra literatura está llena de escenas de comidas pantagruélicas y de celebraciones del acto mismo de comer. Una de las más recientes y memorables se encuentra en el capítulo “Comer con de Rokha” del libro Los sueños del pintor, de José Miguel Varas. Aquí se cuenta la comida que le ofrecieron a Pablo de Rokha sus amigos de Concepción, en los años cincuenta. Asistieron a ella los pintores Julio Escámez y Tole Peralta, la inolvidable Violeta Parra, el novelista Daniel Belmar y, probablemente, Santos Chávez y Alfonso Alcalde.

Para el banquete, que empezó en el casino de la Escuela de Artes de la Universidad penquista, se encargó un cerdo. Varas describe la mesa con lujo de detalles: un arreglo de flores y verduras era el marco del azafate “desde el cual irradiaba su aroma y su luz dorada, como un sol, el chanchito entero”. El diminutivo debe haber obedecido a esa tendencia chilena a miniaturizarlo todo, porque lo cierto es que el chanchito “era un ejemplar robusto, crecido”. Había, además, fuentes con ensalada chilena, de lechuga con aceitunas y huevos duros, y de repollo; pebre para cucharear y dos grandes ollas con “no menos de doce metros de longaniza de Chillán (...), puntuada a ciertos intervalos por las siluetas penitentes de las grandes papas cocidas cortadas por la mitad y colocadas de pie, las míticas ´papas paradas’ que prescribe el recetario chillanejo”. Los comensales disponían, además, de cuatro chuicos de quince litros de vino cada uno.

 
Subir
1 / 2 / 3 / 4 / 5 /
     
     ¿Tu Favorito?  Escríbenos
 Mapa
 Créditos  Un Sitio:
 Patrocina:
 Ganador del: