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La democratización de los camposantos
El cementerio extramuros (continuación)

 

Entierros clandestinos

La guerra estaba declarada y el gobierno respondió con otro decreto, de 11 de agosto, que prohibía los entierros en los cementerios particulares que se habían construido con la autorización que otorgaba el decreto de 1871, al que ya hicimos referencia. Esta medida afectaba principalmente al Cementerio Católico de Santiago.

Encina describe algunos de los expedientes a que recurrió entonces la población católica: “Secretamente se trasladaba el cadáver a una iglesia y se le sepultaba en ella, con el auxilio del párroco o de la orden de que dependía, mientras el ataúd que se confiaba al cementerio execrado sólo contenía piedras o trozos de madera que simulaban el peso del cadáver.”

Sol Serrano refiere que Francisco Javier Tocornal, el médico que había sido autorizado para examinar los cuerpos carbonizados, luego del incendio de la Iglesia de la Compañía en 1863, murió en su domicilio en los tiempos de la ley de cementerios. Como era católico, tuvo que ser llevado en coche a un templo donde se le enterró clandestinamente. Su cadáver viajó sentado y vestido con su levita y sombrero, como un pasajero, para despistar a la policía.

Algunos párrocos se negaron a entregar los cementerios parroquiales por lo que tropas del ejército o de la policía debieron romper los candados y apostar guardias en el lugar.

En verdad desde antes de que se dictara la ley del 2 de agosto y en previsión de lo que se veía venir, las familias católicas habían iniciado las exhumaciones de sus deudos del Cementerio General, para trasladarlos a las iglesias. Tanto así que el gobierno había dictado ya en julio de ese año un decreto que prohibía toda exhumación en este campo santo.

La llegada de un nuevo arzobispo, Mariano Casanova, crearía, años más tarde, un ambiente propicio para alcanzar la concordia . En 1890 Casanova consiguió que el gobierno reconociera los cementerios parroquiales, en tanto la Iglesia permitió el ejercicio del culto católico en las capillas de los cementerios administrados por el Estado y los municipios. Permitió también enterrar en ellos a los difuntos católicos bendiciendo la fosa en cada caso. Ese mismo año volvió a abrirse el Cementerio Católico. La guerra de los cementerios estaba terminando mientras se preparaba otra, mucho más cruenta, en la que los antiguos contendores, conservadores y liberales, se unirían para derrocar al presidente José Manuel Balmaceda.


1 Citado por Sol Serrano en ¿Qué hacer con Dios en la República? Política y secularización en Chile ( 1845 – 1885).p. 240.

2 Citado por Marco Antonio León en Sepultura sagrada, tumba profana. Los espacios de la muerte en Santiago de Chile, 1883 – 1932.p. 53.

Bibliografía
- Barros Arana, Diego, “El entierro de los muertos en las época colonial”, en Revista Chilena, Santiago 1876. t. III pp. 224 – 245.
- Encina, Francisco Antonio, Historia de Chile. T. XVIII, capítulo XLVIII, La lucha teológica. Pp. 147 – 180. Editorial Nascimento, Santiago, 1951.
- León, Marco Antonio, Sepultura sagrada, tumba profana. Los espacios de la muerte en Santiago de Chile, 1883 – 1932. Centro de investigaciones Diego Barros Arana, LOM Ediciones, Santiago, 1997.
- Serrano, Sol, ¿Qué hacer con Dios en la República? Política y secularización en Chile (1845 – 1885). Ed. Fondo de Cultura Económica, Santiago, 2008.

 
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