El cortejo llega por
fin a un cementerio
mínimo, escondido
detrás de las
casas. Cuesta entrar
el ataúd por
la puerta estrecha:
"Cuando quieren
depositarlo en el
nicho no cabe. Imposible.
Miran entonces alrededor
y divisan por allá
un hueco desocupado".
Una voz dice que es
de Fulano y otra replica
que ese no piensa
todavía en
morirse, así
es que miden la boca
del nicho y el ancho
del ataúd con
una rama, y al comprobar
que entra, lo dejan
allí.
Concluye Alone su
artículo, observando
que Huidobro, que
había juzgado
estrecho y mezquino
el escenario que le
ofrecía su
país natal,
por una incongruencia
muy suya, "marchó
escoltado por huasos
del fundo hereditario
hasta el menos exótico
de los sepulcros chilenos".
Cuentan los trabajadores
que cuando se retiraron
los restos del poeta
del nicho aquel donde
lo habían dejado,
apareció una
banda de cerca de
medio centenar de
jotes que siguieron
al ataúd durante
todo el trayecto del
traslado a su tumba
definitiva.
Así, Huidobro
se quedó para
siempre en Cartagena.
Se tejieron muchas
leyendas a su alrededor.
Decían, por
ejemplo, que se aparecía
en las noches como
jinete fantasma. Volodia
Teitelboim hace notar
que, tomando en cuenta
los estudios de ocultismo
que el poeta hizo
en París y
algunas de sus obras
donde explora los
mundos sobrenaturales,
tal vez no le hubiera
extrañado ni
desagradado convertirse
en superstición
local.
A Cartagena se retiró
también a vivir
el escritor Luis Enrique
Délano. Su
casa, cercana a la
hoy destruida estación
de trenes, fue heredada
por su hijo Poli Délano,
que se convirtió
en uno de los principales
animadores de un grupo
de amigos del balneario,
que en los años
90 organizó
memorables festivales
artísticos
y culturales en Cartagena.
El pintor y escritor
Adolfo Couve, también
eligió vivir
y morir en Cartagena.
Dicen que la infancia
es la patria de los
poetas. Tal vez la
segunda patria sea
algún balneario.