El genio poético
tutelar de Cartagena
es Vicente Huidobro.
El 24 de septiembre
de 1947, pocos meses
antes de morir, Huidobro
le contaba a su amigo,
el poeta español
Juan Larrea, que se
había quedado
con parte de una hacienda
de sus padres y abuelos,
a la orilla del mar.
Ahí vivía
en paz, arreglando
el parque de la sencilla
casa rural.
El poeta solía
invitar a sus amigos
a esta casa en Cartagena.
Entre los visitantes
frecuentes estaba
Eduardo Anguita, que
encantaba a Vladimir
-hijo de Huidobro-
con el cuento de que
el subsuelo del balneario
era un mundo poblado
por duendes.
Volodia Teitelboim,
en su biografía
Huidobro, la marcha
infinita, señala
que al regresar por
última vez
de Europa, ya en la
etapa final de su
vida, el poeta se
retiró a ese
pedazo de la hacienda
de la familia. Le
gustaba salir a dar
largos paseos a caballo,
acompañado
por sus perros.
Huidobro viajaba en
tren desde Santiago
y llegó hasta
la estación
de Cartagena en los
últimos días
de diciembre de 1947
para pasar allí
el año nuevo.
Como de costumbre
se fue a pie y cargando
su maleta, hasta su
casa ubicada en la
parte más alta
del balneario. Tal
vez el esfuerzo le
provocó, poco
después, un
derrame cerebral.
Su biógrafo,
Volodia Teitelboim
anota que fue un año
nuevo nefasto. El
poeta estaba postrado,
debatiéndose
entre la vida y la
muerte, cuando comenzaron
a llegar los invitados
a la fiesta.
Eduardo Anguita contaba,
poco después,
que con el repicar
de las campanas y
los estallidos de
los fuegos artificiales,
Huidobro se había
incorporado en la
cama, inquieto. A
ratos no reconocía
a las personas y decía
tener miedo, sin saber
de qué.
El poeta murió
en su casa de Cartagena,
la tarde del viernes
2 de enero de 1948.
Un alcalde prestó
una tumba en el Cementerio
de los Pescadores
para que se lo sepultara
provisoriamente. Más
tarde se lo trasladaría
al lugar que él
mismo había
elegido, en el terreno
de su casa.
En uno de los artículos
recogidos en el libro
Pretérito presente,
Alone relata lo que
él mismo llama
la "ceremonia
triste, patética,
rara, desolada y tan
terriblemente significativa"
de los funerales del
poeta: "aquel
cortejo, esa marcha
interminable tras
un furgón hermético:
misterio pintado de
negro. Bajar hacia
el mar desde la falda
de las colinas y seguir
por senderos de arenas,
por dunas, por eucaliptus...".