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Chile Crónico
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Poblando el paisaje (continuación)

 

Avanzando más o menos por la ribera del exiguo río San José, quebrada arriba, los cerros se van acercando y las sombras, por fortuna, aumentan. El sol golpea y las peregrinas, con sus gruesos atuendos, transpiran. El sonido de las trompetas y los tambores resuenan, quebrada abajo, y vienen al encuentro del grupo. Hay petroglifos en el camino, algunos dañados. Un poco más allá se activa el olfato, el aroma fuerte del asado a cordero, a leña, una cierta opacidad del humo que marca la llegada al lugar.

Nadie que la haya conocido olvida esa fiesta. La intensidad del paisaje, de la música, del fervor de los bailarines hasta quedar exhaustos, todo cargado por la espera de semanas y meses, y su preparación a lo largo de ese tiempo, le da una fuerza excepcional al encuentro. Si todo chileno la conociera...

Aunque tal vez perdería carácter, si la mayoría fueran no aymaras. Siendo así, ellos son los dueños, los anfitriones, y esta bien que así sea. Van unos 20 mil asistentes cada año, número más que abundante para el lugar de la fiesta. Más tarde, el 8 de diciembre, se celebra "la fiesta chica". Son los eventos más populares en la zona, estas fiestas que hermanan a Arica con el Altiplano.

Con esa energía, admirable, uno puede seguir después quebrada arriba, completar la subida y llegar al altiplano: a sus lagos y bofedales de los pantanos, a sus nevados tutelares y bandadas de aves y rebaños de llamos, a su sobrecogedor paisaje. Todo tiene un color distinto luego de haber visto a sus habitantes en fiesta, no solitarios y en silencio como se les ve allá arriba, sino cantando y bailando, conversando y bebiendo. Uno de los imagina ahí, en sus macizas viviendas de adobe o piedra, comentando la fiesta por semanas, alimentando su espíritu por el recuerdo.

¿Cómo no interesarse por su cultura, después de conocer esa fiesta que viene del siglo XVII? Se siente, en el aire, un parentesco con los atuendos, rasgos físicos e incluso el color de la piel que tienen los habitantes de los poblados montañeses del Tibet.

En el Génesis, Caín era el labrador, y constructores de ciudades, Abel era el pastor. Y es como encontrar aquí al perdido Abel, al hermano muerto, que siguió vivo en estos pueblos montañeses que no cambian de siglo en siglo, distantes de los valles y sus ciudades, protegidos por la altura. Hace unos 10 mil años que el hombre deambula por esta zona, el hombre cazador o pescador, y con el tiempo se ha mimetizado con el paisaje. Incluso, sus apachetas o túmulos simbólicos están estratégicamente ubicados en los lugares de mejor vista.

Son más bien extranjeros maravillados los que visitan, los que preguntan dónde están los hostales que, con arquitectura vernácula, han abierto comunidades aymaras para incrementar sus ingresos que, con la presión por el recurso agua, van en disminución: los jóvenes emigran, pero el turismo cultural podría dar arraigo a algunos.

No quieren quedarse solos, nunca han estado solos, el ambiente difícil les enseñó a conformar comunidades, ayllus, para sobrellevar el frío o la inundación, la sequía o la tormenta. Y, también, para gozar su ambiente, celebrar los ritos festivos, vivir.

 
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