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Chile Crónico
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Poblando el paisaje

 

La Fiesta de la Virgen del Rosario o Virgen de Las Peñas, en un punto de diálogo entre la costa de Arica y el Altiplano, es un testimonio vivo de una cultura que siempre se organizó en diálogo con otras; el territorio integra la sierra, las quebradas y la costa en una tríada que es económica y también cultural. Sin ella, viene la soledad.

Miguel Laborde

El año se hace largo allá arriba. Ya no pasan las caravanas de llamos como antaño, los comerciantes nómades que transitaban por todo el altiplano y que, siguiendo la ruta aguas abajo por las quebradas, iban a dar a la costa. Trayendo productos, llevando, la misma dieta se hacía más sana y completa para todos.

Por lo mismo, las fiestas multitudinarias se han transformado en el centro de la vida para los pueblos del altiplano, lo que marca el ritmo del año, lo que le da un sentido al paso de las estaciones: las semanas que faltan para una fiesta, que será rito y conversación, música y espectáculo, pasiones y emociones aflorando luego de meses de sobria soledad.

Los instrumentos antiguos eran más delicados, pero la necesidad de vivir el año en una semana ha promovido el uso de grandes tambores y de instrumentos de viento de bronce que se oyen desde muy lejos.

Tome la ruta de Arica hacia el interior el primer domingo de octubre: no se perderá, son cientos y cientos los ariqueños, miles, los que avanzan hacia las alturas. Los vehículos llegan hasta un punto, más adelante hay que caminar unos 14 kilómetros, como los antiguos peregrinos. Destaca, por supuesto, la indumentaria colorida de los aymara.

En su momento se le hizo oposición a esta fiesta, de nombre católico pero, según algunos, con elementos paganos. Se dijo que la Virgen del Carmen era la de Chile, se intentó "nacionalizar" la fiesta, pero el peso de los siglos mantuvo esta tradición de siglos que convoca aymaras residentes en Chile pero también cerca de las fronteras de los tres países cercanos. En un día en que sienten unidos, en que se encuentran parientes separados por puestos fronterizos.

La resistencia contra la fiesta era parte de un proceso cultural que no veía a los aymara como extranjeros, pero que, en aras de la unidad nacional, utilizó todos los medios para uniformar al país. Especialmente la educación, en el siglo XX, cumplía ese rol, tal como lo hizo Estados Unidos con sus escuelas en Hawai, que buscaban incluso la eliminación de la lengua local y los nombres propios hawaianos.

 
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